Hasta los confines del mundo, hasta el fin de los tiempos

Homilía 28.5.2017. Lucas escribió sus cartas a Teófilo (el amigo de Dios), el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, con una fuerte voluntad pedagógica y, por eso mismo, con mentalidad sistemática. Lucas no abre un ciclo hasta que cierra el precedente. Así, tras el acontecimiento de la Resurrección, se abre un ciclo breve, pero de extraordinaria densidad, que se cierra precisamente con la Ascensión del Señor, que abre el siguiente ciclo, cuyo protagonismo lo tiene el Espíritu Santo y la actividad misionera de la Iglesia. Este ciclo que se cierra hoy es el de las intensísimas experiencias de encuentro con el Señor resucitado. Fue un tiempo en el que, pese a sus muchas dudas y reticencias, los discípulos comenzaron a comprender las Escrituras a la luz novedosa de las palabras de Jesús, que ahora empiezan a entender también de una manera nueva; es además el tiempo en que descubren el valor, el significado y la fuerza de la fracción del pan, que, posiblemente durante la última cena no consiguieron descifrar. Precisamente en la fracción del pan y en el recuerdo de las palabras de Jesús tuvieron las principales experiencias de presencia del Resucitado. Y, a su luz, también las multiplicaciones de los panes, las comidas de Jesús con los pecadores, el mismo lavatorio de los pies adquirieron para ellos un sentido nuevo, que antes les había estado vetado. Por fin, este es el periodo en el que, al hilo de estas experiencias, la comunidad, que se había dispersado tras la muerte de Jesús, presa del pánico por el espantoso final del Maestro, vuelve a reunirse, a recomponerse de una manera que ni los mismos discípulos pueden explicar de otra manera que por la convocatoria que el mismo Señor Resucitado les va haciendo.

La intensidad de este tiempo, la enorme fuerza de esta luz debieron ser tales, que los discípulos sentían la presencia inmediata, palpable del Maestro. Y, aunque el temor inicial debía frenar la capacidad de reconocerlo, la fuerza de la evidencia de la Resurrección acabó por disipar el temor y dio paso a la alegría y al valor para salir y testimoniar.

Realmente, no es posible concebir un periodo tan intenso y fundamental sin una especial acción del Espíritu Santo. Así lo entiende Juan, para el que las apariciones del Resucitado y la transmisión del Espíritu Santo son algo simultáneo (cf. Jn 20, 22). Pero Lucas, en su voluntad de sistematizar la historia de salvación y sus etapas, distingue el primer periodo postpascual del tiempo de la misión, aunque tampoco los concibe como compartimentos estancos. Por un lado, vemos que, pese a todo, algunas dudas e incomprensiones continúan (como lo muestra la pregunta que le dirigen a Jesús: “¿Es ahora cuando, por fin, vas a restaurar…?”). Y es que el fundamento no es el edificio entero. El tiempo que se va a abrir ahora, el tiempo de la misión y del Espíritu Santo, sigue siendo un tiempo de aprendizaje y profundización, en el que la Iglesia irá perfilando el contenido del mensaje recibido de Jesús, y también la organización de la comunidad. En este sentido, hay que tener cuidado con un cierto arcaísmo bastante de moda en ciertos círculos eclesiales, que tiende a descalificar como inauténtico, discutible o prescindible todo desarrollo eclesial que no pueda encontrarse directamente en aquella primerísima comunidad postpascual. Curiosamente los defensores de este arcaísmo, que pone en cuarentena todo progreso eclesial, suelen considerarse a sí mismos “progresistas” (un término del que confieso desconocer su verdadero significado; a veces me parece que no tiene ninguno). Pero tenemos que creer que las promesas de Jesús de enviarnos a otro defensor que nos lo enseñará todo (cf. Jn 14, 16. 26), y de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, son verídicas y eficaces; y tenemos que creer también que la Iglesia, asentada en el firme fundamento apostólico de los que acompañaron a Jesús y fueron testigos de su resurrección, se desarrolla, a pesar de los pesares (y los pesares son muchos) bajo la guía del Espíritu Santo y la presencia de Jesús.

En esta clave podemos entender también la Ascensión del Señor. Es un movimiento ascensional, pero, como es fácil entender, no en sentido físico: Jesús no subió “a la nubes”, sino al Padre; tenemos que entender esta ascensión en sentido cualitativo: es una llamada a crecer, a no quedarnos parados, a aspirar a los bienes superiores que Jesús ha descubierto para nosotros. Y es que la Ascensión del Señor es la elevación de la humanidad de Jesús: en Él la humanidad entera tiene la ocasión de crecer, desarrollarse y aspirar a los valores y los bienes definitivos, los que realmente salvan al hombre, los que le acercan a Dios. Y lo que celebramos los cristianos hoy es que la aspiración a esos bienes superiores no es una quimera, una utopía inalcanzable, un sueño de adolescentes sin sentido de la realidad. Son posibles en Cristo; y esto significa que son posibles si no se reducen a una huera reivindicación de que otros nos otorguen el objeto de nuestro deseo, sino si nosotros mismos estamos dispuestos, como Jesús, a dar la vida por hacerlos realidad.

Así pues, Jesús nos invita a crecer y nos muestra el camino. Él mismo es realmente el camino, pues es siguiéndole a Él como el hombre puede hacer fructificar sus posibilidades mejores.

Entendemos ahora por qué este ascender de Jesús al Padre no es un alejamiento: Jesús no asciende para alejarse, para abandonarnos. Al contrario, al subir al Padre, Jesús está abriendo el camino, uniendo el cielo (Dios) con la tierra. Es el complemento necesario del abajamiento (cf. Flp 2, 7) de la encarnación, cuando trajo la divinidad al mundo. Ahora eleva la humanidad al cielo, esto es, al Padre. Porque Jesús, con su Ascensión, no ha renunciado a su encarnación, no ha abandonado la carne. Jesús, Palabra de Dios hecha hombre, muerto y resucitado, ha adquirido un compromiso permanente con la carne que somos: vuelve al Padre porque es Hijo, pero vuelve al Padre como hombre, abriendo así para todos el acceso a Dios.

Y es que este nuevo periodo tras la Ascensión es, además, un tiempo abierto que no conoce límites, ni geográficos (“Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines del mundo”), ni temporales (“estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos”). El periodo que abre la Ascensión y, sobre todo, Pentecostés llega hasta aquí, hasta el día de hoy y sigue adelante. En él seguimos experimentando la presencia del Señor en el Espíritu y por medio de la Palabra y la fracción del pan, que condensaron las experiencias postpascuales y congregaron a la comunidad, y que nosotros hemos recibido de aquella primera generación apostólica como depósito de la fe.

Para participar de ese movimiento de ascenso de Jesús, tenemos que imitarle en su movimiento de abajamiento. Para aspirar a los bienes superiores, tenemos que inclinarnos ante las necesidades de nuestros hermanos, como Jesús ha hecho con las nuestras, en actitud de servicio y de entrega. Y esto nos indica con claridad el cariz de la misión de la Iglesia que, tal como lo presenta Lucas, se inaugura ahora. No se trata de una conquista que se impone por la fuerza, como parecen sugerir los discípulos, al preguntar si es ahora, por fin, de una vez, cuando va a restaurar el reino de Israel. Pero tampoco se trata de una religiosidad desentendida de este mundo, que se dedica a mirar al cielo. Se trata de una vida de testigos, que, como indica la palabra griega, es una martirio, una disposición a dar la vida por la fe, por los hermanos.

Así pues, la promesa de Jesús no lo es sólo con “los suyos” (los discípulos de primera hora), sino que estos últimos son heraldos y testigos que no pueden quedarse para sí los admirables misterios que han conocido y experimentado en el periodo entre la Resurrección y la Ascensión: no pueden quedarse ahí, parados, mirando al cielo, sino que tienen que ponerse en camino. Crecer (ascender) significa también caminar, mirar hacia adelante, encarar el futuro, para testimoniar, compartir y transmitir a todos los hombres, a todos los pueblos, y a lo largo de toda la historia la buena noticia de que Dios está con nosotros, de que no nos ha arrojado a la existencia y luego nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que ha venido a visitarnos, se ha compadecido de nosotros, ha padecido por nosotros y ha vencido en su propia carne y por todos nosotros a nuestros grandes y mortales enemigos: el pecado y la misma muerte, y de esta manera nos ha abierto el camino que conduce al Padre.

Ese ir por todas partes, hasta los confines del mundo y hasta el final de la historia, es la tarea de los discípulos de Jesús, es, en realidad la tarea del mismo Cristo, que nos envía allí a donde quiere ir él mismo (cf. Lc 10, 1), y que al enviarnos sigue siendo guía y camino, y que está cada día “todos los días”, es decir, cada día, en su Palabra y su Pan partido, en los días buenos y en los malos, y está con nosotros hasta los confines del mundo, en todas partes; en síntesis, está con nosotros hasta el final, es decir, del todo y sin condiciones.

José M.ª Vegas cmf

Beato Luis Zeferino Moreau, fue cofundador de las Hermanas de San José

El buen prelado Moreau, amigo de los pobres, conocido también como el obispo santo, fue singularmente devoto del Sagrado Corazón de Jesús, de María y de José, devoción que se ocupó de difundir

Nació en Bécancour, Quebec, Canadá, el 1 de abril de 1824. Sus padres eran humildes agricultores. Fue el quinto de trece hermanos; dos de ellos no sobrevivieron. Creció siendo un niño «inteligente, piadoso, modesto, apacible y pensativo». Pero al venir al mundo prematuramente, desde el principio le acompañó su mala salud. Esta deficiencia hizo que sus progenitores buscaran para él un futuro menos fatigoso que el derivado del trabajo en el campo. El párroco Charles Dion les aconsejó que lo destinaran al estudio. Y después de aprender las nociones básicas, en 1839 ingresó en el seminario de Nicolet. En una de sus visitas pastorales el arzobispo de Quebec, Joseph Signay, confirmó sus cualidades para ser ordenado. Pero casi a finales de 1845, año y medio más tarde de producirse este encuentro, la debilidad y estrés originado por unas clases que impartía mermaron sus escasas fuerzas y volvió a Bécancour para llevar una vida acorde con su situación, al amparo de la parroquia donde se propuso continuar los estudios eclesiásticos.

En 1846 no estaba completamente recuperado, y ello indujo a monseñor Signay a recomendarle que permaneciese con su familia y se olvidara del sacerdocio. Recibió esta noticia consternado. Su vocación era sólida, y sin arredrarse, fortalecido por la fe y en un estado de paz, elevó sus oraciones a Dios y actuó con firmeza. El párroco y formadores del seminario que lo conocían bien no lo abandonaron. Con cartas de recomendación viajaron a Montreal. Luís no tardó mucho en recibir la ayuda del obispo de la ciudad, monseñor Ignace Bourget, quien debiendo viajar a Roma se lo confió a Jean Charles Prince, su secretario y director de la escuela, que poco después sería designado primer obispo de Saint-Hyacinthe. Cuando Bourget regresó, anexionó a Luís al obispado. Prince y él pudieron constatar de primera mano las virtudes que adornaban al beato. Ambos fueron sus benefactores.

Fue ordenado el 19 de diciembre de 1846. Durante seis años estuvo al frente de distintas misiones que le dispusieron para poder asistir convenientemente a Prince en 1852 cuando se hizo cargo de la diócesis de Saint-Hyacinthe en calidad de obispo. Fue secretario y canciller suyo. Tuvo en él a un gran maestro. Como discípulo aventajado, Luís aprendió de su sagacidad pastoral y se nutrió de sus enseñanzas, como después le ocurrió con los tres sucesores de este prelado. Fue párroco de la catedral, procurador del obispado, vicario general, secretario del consejo diocesano, encargado de las finanzas y capellán de varias congregaciones de religiosas, entre otras responsabilidades que desempeñó.

Cuatro veces administró la diócesis en ausencia del prelado titular o durante las épocas en las que la sede estuvo vacante. Todo lo asumió con eficacia, haciéndose acreedor de la confianza que depositaron en él. Era ordenado, un trabajador nato, querido y admirado por todos: laicos, religiosos, sacerdotes y fieles en general. Al fallecer el tercer obispo de Saint-Hyacinthe, Charles Larocque, Pío IX le otorgó esta misma dignidad en noviembre de 1875. En manera alguna quería asumir Luís tan alta misión que le colocaba al frente de la diócesis, pero el papa le rogó que aceptase con generosidad lo que denominó «yugo del Señor». Tomó posesión el 16 de enero de 1876. Tenía entonces 51 años, y rigió la joven diócesis durante más de un cuarto de siglo bajo el lema: Omnia possum in eo qui me confortat «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,13).

Era un hombre de oración, de vida sencilla y austera que tenía especial debilidad por los pobres. En el transcurso de su misión episcopal se constató su gran fidelidad a la Iglesia y al papa. En momentos delicados en los que se implicó antepuso su amor por ellos a sus criterios y a los lazos de amistad que le unían a otras personas. Intensa fue su labor pastoral. Reabrió la residencia episcopal, impulsó la construcción de la catedral con los recursos acumulados por su predecesor, abrió las puertas a muchas comunidades religiosas proporcionando a la diócesis la riqueza que conllevan diversos carismas, ayudó social y económicamente a la Unión de San José, un proyecto puesto en marcha por él para sostener a los que quedaron sin trabajo tras el voraz incendio que asoló Saint-Hyacinthe, y prestó su asistencia a los círculos agrícolas. Asimismo fundó, con la colaboración de la venerable Elisabeth Bergeron, las Hermanas de San José con objeto de atender las escuelas rurales de chicos y chicas.

Pasó por esta vida prodigando el bien, abandonado en manos de la divina Providencia. Fue audaz, prudente, solícito y servicial, firme y comprensivo, un apóstol incansable. Estaba disponible para todos. Denunció los desórdenes de la época sin dudarlo. Su cercanía a los sacerdotes y feligreses era fruto de su oración. Reconocido por sus virtudes le asignaron el entrañable apelativo de «el buen monseñor Moreau». Era signo del afecto y gratitud que le profesaban. Este calificativo derivó después en «el obispo santo». El pueblo heredó su devoción por el Sagrado Corazón de Jesús, por María y José, que difundió en todo momento. Incontables personas le buscaron para recibir su consejo. De ello da constancia el valiosísimo e ingente testimonio espiritual plasmado en más de 15.000 cartas. «No haremos bien las grandes cosas si no estamos determinados por una unión íntima con Nuestro Señor», escribió. Hizo vida esta convicción venciendo la fragilidad que le acompañó toda su existencia. Murió en Saint-Hyacinthe el 24 de mayo de 1901. Juan Pablo II lo beatificó el 10 de mayo de 1987.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)
Imagen: Beato-Luis-Zeferino-Moreau
(Foto Biblioteca y archivo Nacional de Québec)

 

 

 

 

 

 

San Juan Bautista de Rossi, padre de los pobres y amigo de los humildes

Agraciado con el don de milagros, este gran penitente obtuvo numerosas conversiones en el confesionario. Creó muchas fundaciones dedicadas a paliar las graves carencias de los desheredados

Al examinar los primeros años de su vida parece como si la calamidad se hubiese instalado en su humilde familia y en su propio devenir. Su padre murió joven, la mayoría de sus hermanos fallecieron en la adolescencia y él estuvo aquejado por violentos ataques de epilepsia que se manifestaban con frecuencia. Fueron circunstancias penosas, ciertamente. Pero no condicionaron su existir.

Nació en Voltaggio, Italia, el 22 de febrero de 1698. Su infancia estuvo marcada por la inclinación a lo divino. A los 13 años un primo sacerdote, canónigo de Santa María in Cosmedin, se lo llevó consigo y comenzó sus estudios en el colegio romano de los jesuitas, que completó con los dominicos. Hubo un paréntesis creado por su tendencia a la realización de intensas penitencias que minaron su salud y tuvo que restablecerse fuera del colegio. A su tiempo se percató de que el ayuno de las pasiones es la vía directa para conquistar la santidad, y de que la obediencia a la consigna del director espiritual preserva de errores como dejarse llevar por el propio juicio. Con todo, juzgó que su experiencia le puso a resguardo del orgullo y de la ambición que, de otro modo, hubieran acompañado a sus logros intelectuales. Sostuvo su ascenso espiritual con fervorosa oración. Y al final culminó con éxito sus estudios.

Siendo seminarista visitaba con los demás congregantes de la Minerva a los necesitados. Fue ordenado en marzo de 1721. Entonces profesó un voto de no aceptar prebenda eclesiástica alguna. Siempre actuó con celo, humildad y caridad heroicas. En su intenso apostolado dirigía varios grupos de estudiantes, que dieron lugar a la fundación de la Pía Unión de Sacerdotes seculares anexionada al hospicio de pobres de San Gala. Esta Obra perduró hasta 1935. Alumbró la vida de egregias personalidades dentro del clero, algunos de los cuales llegaron a los altares. En 1731, contando con el juicio positivo de su confesor, el jesuita padre Galluzzi, creó un hospicio para la atención de mujeres desamparadas inspirado de algún modo en el de pobres. Las recogía y las ayudaba hasta que lograba proporcionarles un medio de vida.

En 1737 sin poder eludir el voto que hizo, no le quedó otro remedio que asumir la canonjía en Santa María in Cosmedín. Y este «padre de los pobres» y «amigo de los humildes» distribuyó entre ellos sus pertenencias. Tenía puestos sus ojos en los enfermos, los prisioneros y los desvalidos, fundamentalmente. Los asistía predicando y confesando en hospitales y cárceles, ayudándoles con prodigalidad. Él mismo vivía en precarias condiciones en un granero contiguo a la iglesia. Era su respuesta testimonial contra corrientes de pensamiento imperantes en la época atentatorias contra la religiosidad, además del jansenismo larvado también en sectores curiales que se oponían a la autoridad del pontífice. Pronto fue conocido por los moradores de los barrios marginales de Roma que llenaban la iglesia. Era digno heredero de los padres Tolomei, Ulloa y Giattini, cuya virtud y celo apostólico habían encendido, más si cabe, el suyo. Además, conocía la labor extraordinaria del rector del colegio romano, padre Marchetti, devoto del Sagrado Corazón e impulsor de la catequesis entre los pobres con los que ejercitaba su caridad. Tenía buenos ejemplos a su alrededor.

Sus compañeros fueron en todo momento harapientos, vagabundos, analfabetos, presidiarios…, en suma, los marginados de la sociedad, los que nadie o muy pocos estiman. Veía en estas personas maltratadas por la vida y su entorno el rostro de Dios. Fue para ellos otro Felipe Neri o Juan Bosco; hermano, consejero, amigo, maestro… Simplemente estos sentimientos en los que explica su motivación para consolar a los reclusos, reflejan bien a las claras sus entrañas de misericordia: «Es para hacerles salir del infierno interior en que se hallan; una vez aliviada su conciencia, las penalidades de la detención son más fáciles de aceptar y, de ese modo, consiguen soportarlas en expiación de sus pecados».

No se atrevía a confesar a la gente pensando que no sabría aconsejar debidamente. Pero monseñor Tenderini, prelado de Civita Castellana, con el que se alojó convaleciente de una enfermedad, le pidió que administrase este sacramento en su diócesis, y reparó en su valor. Confió a un amigo: «Antes yo me preguntaba cuál sería el camino para lograr llegar al cielo y salvar muchas almas. Y he descubierto que la ayuda que yo puedo dar a los que se quieren salvar es: confesarlos. ¡Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión!». A partir de ese momento dedicó al confesionario muchas horas, y obtuvo por este medio grandes conversiones. Su fama como confesor crecía a la par que lo hacía su caridad. Con exquisito trato y delicadeza penetraba en los entresijos del alma humana haciéndose acreedor de la confianza de los fieles que le abrían su corazón para que sanase sus heridas. Atrajo a la fe a muchos, concilió situaciones personales y reguló estados civiles que se hallaban fuera de los cánones evangélicos. También fue ardiente defensor de Cristo a través de la predicación.

Había abusado de las penitencias físicas prematuramente y eso le dejó una gran secuela en su ya de por sí débil salud que le fue pasando la factura, aunque había comprendido que la verdadera mortificación estaba en el día a día, dando de sí lo mejor. «A partir de ahora, no valgo para nada», decía. En la última etapa de su peregrinación en la tierra contrajo una enfermedad que lesionó gravemente su vista; luchó contra ella hasta el fin. El 8 de septiembre de 1763 aún pudo participar en el templo celebrando la festividad del día. Entonces vaticinó: «Rezad por mí, pues ya no regresaré aquí; es la última festividad que celebro con vosotros». Se acentuaron progresivamente sus ataques epilépticos y murió el 23 de mayo de 1764 por fallo cardíaco, en completa pobreza, como había vivido. Había sido agraciado con el don de milagros. Pío IX lo beatificó el 13 de mayo de 1860. Y León XIII lo canonizó el 8 de diciembre de 1881.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

El Papa en Santa Marta: el mal espíritu entra siempre por los bolsillos

En la homilía de este martes invita a pasar de una religiosidad interesada a las ganancias, a la proclamación: “Jesús es el Señor”.

(ZENIT – Roma).- Muchos consagrados fueron perseguidos por denunciar las actitudes mundanas. Lo indicó el martes 23 el papa Francisco en la homilía de la misa que celebró en la Residencia Santa Marta. E invitó a pasar de un estilo de vida tibio al anuncio gozoso de Jesús.

El su homilía el Papa parte de las lecturas del día, cuando narran sobre la presencia de Pablo y Sila en Filippi, ciudad en la que aceptaban la doctrina “pero todo quedaba tranquilo y no había conversiones”. “No era –aseguró el Santo Padre– la Iglesia de Cristo”.

“Quienes dicen la verdad son perseguidos” y esto “se repite en la historia de la salvación”, aseguró. Cuando el pueblo de Dios servía, no digo los ídolos, pero la mundanidad, entonces el Señor enviaba a los profetas, que eran perseguidos porque “incómodos” como sucedió con Pablo.

“En la Iglesia cuando alguien denuncia las modalidades que existen de mundanidad, es mirado con los ojos torcidos, esto no va, mejor que se aleje”, dicen.

“Yo recuerdo en mi tierra, tantos y tantos hombres y mujeres consagrados, buenos, no ideológicos, pero que decían: “No, la Iglesia de Jesús es así…”. Este es comunista, fuera, y los echaban y los perseguían. Pensemos al beato Romero ¿no?, lo que le sucedió por decir la verdad. Y tantos y tantos en la historia de la Iglesia, también aquí en Europa. ¿Por qué? Porque el mal espíritu prefiere una Iglesia tranquila, sin riesgos, una Iglesia que hace negocios, una Iglesia cómoda, en la comodidad y la tibieza, tibia”.

“El mal espíritu entra siempre por los bolsillos. Cuando la Iglesia es tibia, tranquila, bien organizada y no hay problemas, miren dónde están los negocios”, dijo el Papa. Pero además del dinero, hay otra palabra en la cual el Papa se detiene: ‘alegría’.

Paolo y Sila son llevados delante de los magistrados que ordenan apalearlos y después meterlos en la cárcel. El Pontífice recuerda que la narración del Evangelio indica que los dos cantaban. Y hacia media noche se siente un fuerte temblor y se abre las puertas de la cárcel. El carcelero quería suicidarse porque si los prisioneros se hubieran escapado lo mataban, pero escucha que Pablo le invita a no hacerse mal. El carcelero se convierte, se hace bautizar y “fue lleno de alegría”.

“Este es el camino de la historia de la conversión cotidiana: pasar de un estado de vida mundano, tranquilo, sin riesgos, católico, sí, sí, pero tibio, a un estado de vida del verdadero anuncio del Jesucristo, a la alegría del anuncio de Cristo. De una religiosidad que mira demasiado a las ganancias, pasar a la fe y a la proclamación: “Jesús es el Señor”.

Porque “una Iglesia sin mártires, crea desconfianza; una Iglesia que no arriesga, crea desconfianza; una Iglesia que tiene miedo de anunciar a Jesucristo y echar a los demonios, a los ídolos, al otro señor que es el dinero, no es la iglesia de Jesús.

Beata María Doménica Brun Barbantini: los desvalidos, pobres, enfermos, moribundos fueron receptores de su ternura

Acrisolada en el sufrimiento, perdió padre, hermanos, esposo e hijo a temprana edad, esta fundadora vertió su ternura en los pobres, enfermos y moribundos en lo que vio el rostro de Cristo

«Las cruces no nos faltaran nunca en esta vida, pero tampoco nos faltara la Divina asistencia» advirtió en un momento dado María Doménica Brun Barbantini. Su existencia había sido forjada en el sufrimiento, pero en medio del mismo no dio la espalda a Dios, no se dirigió a Él con reproches. Asida a su gracia se dedicó a prodigar ternura a quienes estaban sumidos en el dolor. «La vida, dijo, nos ha sido dada para conquistar el cielo».

Nació en Lucca, Italia el 17 de enero de 1789. Su educación fue fraguada fundamentalmente por su madre, ya que su padre, guardia suizo, falleció siendo ella adolescente. Un hecho que le marcó profundamente al punto de mantener a resguardo en su corazón el poderoso alcance que él debió tener en su vida; no se han hallado atisbos externos de esta memoria paternal. Esta pérdida familiar era el primer aldabonazo cuajado de sufrimiento que resonaba en su puerta. Pero no sería el único porque el dolor no le dio respiro. En brevísimo espacio de tiempo perdió a tres de sus hermanos retornando cierta tormenta en su frágil corazón que apenas podía recuperar su sereno latido ahogado en tantas lágrimas.

Le aguardaba una gran misión y ya hubo signos que apuntaban a una singular gracia sobre la muchacha. Un día en la iglesia de los Milagros en el momento de la consagración a través del cáliz pudo ver la sangre de Cristo, hecho que solo conoció su confesor y que a ella la condujo por nuevos senderos de virtud. Inteligente, abierta y responsable fue creciendo humana y espiritualmente dejando atrás sombríos pensamientos que asolaron su mente con las sucesivas pérdidas de los seres que amaba.

Profundamente enamorada, en 1811 contrajo matrimonio con Salvatore Barbantini, un compatriota que regentaba un comercio de telas, y que sin ser de clase acomodada podía darle la estabilidad razonable que requería formar una familia. Pero falleció súbitamente cuando llevaban seis meses casados. El fruto de este amor latía en las entrañas de María Doménica cuando se vio de nuevo en brazos del sufrimiento. No podía imaginar que su pequeño Lorenzino, un niño encantador, inteligente y alegre, consuelo y regalo del cielo en su humana desdicha, moriría también a los ocho años víctima de una enfermedad.

De esa fragilidad humana que experimenta tanta impotencia frente al sufrimiento: «no sé cómo no llegué a perder la cabeza», iluminada por la gracia, brotó un manantial de piedad. Doctorada en el dolor, que espiritualmente acogió engarzándolo en su profunda fe y entrañas de misericordia, iría aliviando heridas del cuerpo y del alma de tantos desconsolados como ya había ido hallando a su paso en vida de su hijo. Los desvalidos, pobres, enfermos, moribundos fueron receptores de su ternura. Se desvivía por ellos sin importarle el estrago de las inclemencias meteorológicas en su cuerpo, los riesgos de las calles desiertas y peligrosas por las que transitó para asistirles, el hedor de las casas y de las llagas de los enfermos, ni las murmuraciones y críticas que fue recibiendo su labor en algunos sectores. Cristo estaba en todos aquellos que reclamaban sus atenciones. Se privaba de todo, hasta de su descanso, y para no sucumbir al sueño se aplicaba tabaco en los ojos. Tropezones y caídas posiblemente originadas por el jabón que alguien puso en el enlosado podían ser también estrategias del diablo para disuadirla de su empeño apostólico. No se arredró y comenzaron a suceder ciertos prodigios, manojos de «florecillas» fruto de su fe e inocencia evangélicas, milagros con los que Dios ponía de manifiesto su deferencia con esta amadísima y dilecta hija suya.

Con un grupo de mujeres a las que formó, en 1819 surgió la “Pía Unión de las Hermanas de la Caridad”, que puso bajo el amparo de Nuestra Señora de los Dolores, y que fue aprobada por el arzobispo Sardi. Monseñor Del Prete, confesor de la fundadora, fue el artífice de las reglas. Él conocía a dos mujeres que querían vivir en comunidad, y dedicarse a la oración y al apostolado, por lo cual habló de ellas a María Dominica. Fue el germen de las Oblatas de San Francisco de Sales.

Las virtudes de María Doménica, mujer de empuje y ardor apostólico, hicieron que el arzobispo le confiara la misión de poner en marcha el monasterio de la Visitación dirigido a la educación de la juventud. Ella acogió la petición generosamente, pero en realidad se sentía llamada a erigir una fundación dirigida a los enfermos. Y en 1829 comienzan las primeras hermanas enfermeras oblatas ejerciendo la caridad según sus reglas: «visitar, ayudar y servir al Dios hecho hombre en agonía al morir en la cruz o en los moribundos, enfermos y pobres», «con un corazón empapado en el amor de Cristo», con pureza de intención, prontas siempre a dar su vida, si fuese preciso, ya que Cristo entregó la suya en la cruz por todos. En 1841 el arzobispo de Lucca aprobó las reglas y la Congregación de las Siervas de los enfermos. Como hizo la Virgen, a la que tuvo siempre inmensa devoción, y a quien bajo la advocación de los Dolores consideró inspiradora de su obra, habrían de vivir todas la compasión hacia los enfermos.

María Doménica tuvo un encuentro con san Camilo de Lelis. El padre Antonio Scalabrini vio similitudes entre lo dos carismas y el 23 de marzo de 1852 se firmó el documento papal por el que se otorgaba a las hijas de María Doménica el nombre de siervas de los enfermos sellando la comunión espiritual con los padres Camilianos. En 1855 atendieron a los afectados por el cólera portando la cruz roja de los Camilos.

Después de atravesar otros momentos dolorosos, como el malentendido creado entre ella y el arzobispo Arrigoni, difícil situación que acogió con visible espíritu evangélico, fue transitando hacia el final de su vida sin perder nunca su fe. En 1866 enfermó gravemente y sanó por la intercesión de san Camilo. Intensificando su oración, sacaba fuerzas en medio de su debilidad y pudo dejar resuelto el futuro de sus hijas como deseaba. Finalmente, enferma de un mal que no fue diagnosticado, entregó su vida a Dios el 22 de mayo de 1868. Juan Pablo II la beatificó el 17 de mayo de 1995.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

Santa Rita de Casia, su cuerpo se mantiene incorrupto

Vencer lo imposible, del que se la invoca como abogada. Y es que la gracia de una fe heroica marcó la existencia de esta mujer que fue esposa, madre, viuda, y religiosa Agustina

Como lo imposible alude a algo que de ningún modo puede realizarse, el hecho de que esta santa sea considerada «abogada» de lo que se juzga inviable y de las «causas perdidas» da idea de la fe que tuvo. Con su paciencia, fidelidad y obediencia, soportando cuantiosos sufrimientos, arrebató del cielo la gracia de difíciles conversiones que a muchos se les habrían antojado de todo punto irrealizables. Pero ella sabía que para Dios todo es posible, aunque para los hombres no lo sea. Y Él la bendijo con numerosos dones y prodigios.

Había nacido hacia 1381 en Roccaporena, Italia. Sus padres Antonio y Amata eran de edad avanzada. Y aunque precozmente deseó convertirse en religiosa agustina en Casia, ellos decidieron desposarla con Paolo Ferdinando Manzini que acarreaba una indeseable fama debido a su carácter pendenciero. Era bien conocido por tratarse de un oficial responsable de una guarnición. El afán de consagración de Rita había sido alentado desde el cielo antes de conocerle a través de la presencia de un ángel que solía confortarla cuando oraba en un reducido espacio de su casa. Sin embargo, no quiso desairar a sus padres, a quienes obedecía gustosa. Además, era una época en la que se respetaban escrupulosamente compromisos como los que habían contraído en su nombre siendo ella una adolescente. De modo que tomó a Paolo en matrimonio. Tendría entonces unos 17 o 18 años.

Desde el principio halló junto a él un infierno plagado de malos tratos, infidelidades y vicios diversos. Tan mal ejemplo fue calando en la conducta de los dos hijos que tuvieron, Giangiacomo Antonio y Paolo María, que podrían haber sido gemelos. Rita, que oraba insistentemente por su iracundo esposo, llena de aflicción rogaba a Dios también para que ellos no quedaran atrapados en la maldad. Sus súplicas fueron escuchadas y su esposo un día le pidió perdón. Después de este rasgo de arrepentimiento, su vida se apagó tras una muerte violenta cuando llevaban dieciocho años casados. Se desconoce si el deceso se produjo en medio de un ajuste de cuentas o fue producto de un altercado que había tenido lugar a varios kilómetros de Roccaporena. La cuestión es que Rita se encontró de la noche a la mañana siendo viuda y debiendo afrontar el temor a la venganza que fraguaban sus hijos. Estremecida por esta noticia que llegó a sus oídos, pidió a Dios que los preservara libres de mancha de sangre sobre sus manos y conciencia. Conocía la identidad de los que segaron la vida de su marido, pero nunca los delató. Lo que hizo fue rogar a sus hijos el perdón para ellos. Pero este gesto, que consideraron inaceptable, acrecentó las fervientes súplicas de Rita. La respuesta fue que ambos contrajeron una enfermedad muriendo más tarde que su progenitor después de haber perdonado a sus asesinos. El hecho se le vaticinó a Rita en una locución divina mientras rezaba por su salvación con ejemplar perseverancia.

Sola en el mundo podía cumplir su sueño de convertirse en agustina en el convento de Santa María Magdalena, de Casia. Pero el hecho de haber estado casada constituyó un veto para la admisión, y también influyó que una de las religiosas fuese pariente de su marido. Insistió hasta en tres ocasiones recibiendo una negativa en todas ellas. Se cuenta que a través de san Agustín, san Juan Bautista y san Nicolás de Tolentino se obró el milagro de hallarse dentro del convento a pesar de estar herméticamente cerradas sus puertas, lo cual dio lugar a su aceptación porque las religiosas tomaron lo sucedido como algo prodigioso.

Ingresó en el convento hacia 1407. Heroica en su vida religiosa, como lo había sido anteriormente, vivió sumida en la oración, realizando severas penitencias. Fidelísima en la observancia de la regla y a cualquier indicación recibida, no puso en tela de juicio el hecho de tener que regar una viña seca, como le pidió la superiora que hiciera con objeto de probarla, sino que todos los días se cuidó de que a la planta no le faltase agua.

El Viernes Santo de 1432 después de escuchar un sermón de san Jacobo de la Marca en el que habló de la coronación de espinas, Rita, que tenía devoción por la Pasión de Cristo, quedó profundamente conmocionada. En su celda orando ante el crucifijo pidió a Cristo ardorosamente poder unir sus sufrimientos, aunque fuesen modestos, a los suyos. Entonces sintió un agudo dolor en la frente producido por una astilla de madera que se le clavó en la sien. Y aunque le extrajeron este signo estigmatizador de la Pasión, la herida periódicamente se le abría. Llegó a producir tal hedor que tuvo que permanecer recluida para no importunar a la comunidad. En su oración, suplicaba: «¡Oh, amado Jesús, aumenta mi fe y paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos!». Así se mantuvo quince años, hasta su muerte. Únicamente cesó tal fenómeno místico de forma momentánea durante el viaje que efectuó a Roma para asistir a la canonización de san Nicolás. Al regresar al convento, volvió a manifestarse. Cuatro años antes de iniciarse esta experiencia, se le había declarado una penosa enfermedad. Pero nada de ello alteró su penitencia y mortificación.

Cercano su óbito en la estación invernal, recibió la visita de un familiar. Éste quiso agasajarla cumpliendo algún deseo que pudiera tener. Rita pidió que le trajera una rosa del jardín. Y para sorpresa de su interlocutor efectivamente encontró en el rosal un hermoso capullo. Aún le rogó que le llevara dos higos que igualmente halló en la huerta y que habían brotado en una desnuda higuera. Otros prodigios se atribuyen a esta gran santa que murió el 22 de mayo de 1457 inundando en derredor suyo una fragancia que perduró en el tiempo. Su cuerpo se mantiene incorrupto. Urbano VIII el 2 de octubre de 1627 concedió a las agustinas celebrar una misa en honor de Rita, y el 4 de febrero de 1628 lo hizo extensivo al clero secular. Así quedaba beatificada, aunque no se hubiera efectuado la proclamación con la solemnidad acostumbrada. León XIII la canonizó el 24 de mayo de 1900.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)
Imagen: Santa Rita de Casia
(Wiki commons pd)

El Santo Padre en Santa Marta: ¿Pido la gracia de tener un corazón abierto al Espíritu Santo?

En la homilía del lunes 22 el Pontífice recuerda que abrir el corazón es un don de Dios

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco en la homilía del lunes 22 en la misa matutina que celebró en la Residencia Santa Marta, aseguró que solo el Espíritu Santo nos puede enseñar a decir: “Jesús es el Señor”.

El Santo Padre, partió del las palabras que Jesús dijo a sus discípulos en la Última Cena, en particular sobre el Espíritu Santo que nos acompaña “y da la certeza de que Jesús nos salva”.

Jesús dijo sobre el Espíritu Santo: “Él les conducirá a la verdad plena” y “les hará recordar todas las cosas que he dicho. Les enseñará todo”. O sea que el Espíritu Santo es el compañero de camino de cada cristiano y de la Iglesia. “Este es el don que Jesús nos da”.

¿Pero dónde habita el Espíritu Santo?, se interrogó el Papa. Y refiriéndose a la Primera lectura señaló la figura de Lidia “comerciante de púrpura”, a la cual “el Señor le abre el corazón para adherir a la palabra de Dios”. Por eso “la Iglesia lo llama ‘Dulce huésped del corazón’, está aquí. Pero en un corazón cerrado no puede entrar”.

“¿Dónde se compran las llaves para abrir el corazón? No, eso es un don, un don de Dios. ‘Señor abre mi corazón para que entre el Espíritu y me haga entender que Jesús es el Señor’”. Esta es una oración que debemos repetir en estos días. “Para que llegue a la plena verdad”.

¿Pido al Señor la gracia de tener un corazón abierto? ¿Intento escuchar al Espíritu Santo, sus inspiraciones, las cosas que Él dice a mi corazón, de manera que yo avance en la vida cristiana y pueda dar testimonio que Jesús es el Señor? Pensando en estas cosas, concluyó el Papa, “avanzaremos en la vida cristiana y podremos dar testimonio de Jesús”.

En la Iglesia de Malta se venera a la Virgen de Atocha desde el Siglo XVII

Desde el 8 de mayo el templo maltés está hermanado con la Basílica madrileña de Nuestra Señora de Atocha. El acto de hermanamiento se celebró en Malta y acudieron 53 feligreses madrileños acompañados por fray José Antonio Álvarez, párroco de la basílica de Atocha, y por fray Xabier Gómez

Corría el siglo XVII cuando un comerciante maltés adquirió un cuadro de Nuestra Señora de Atocha y lo colocó en una capilla propiedad de su familia situada en Hamrun. Con el tiempo, la capilla se convirtió en un importante lugar de peregrinación para los católicos de Malta y, posteriormente, en una iglesia dedicada a la Virgen de Atocha.

La verdadera talla de Nuestra Señora de Atocha, de la que se dice que es la más antigua de Madrid, se venera en la capital de España desde el siglo VII en la basílica homónima confiada a los dominicos.

Desde el 8 de mayo, ambas iglesias –la maltesa y la madrileña– están hermanadas espiritualmente.

Beneficios espirituales del Jubileo
Al hermanamiento se llegó después de que el padre Andrew Borg, responsable del templo maltés, llamara a la basílica de Atocha para «solicitar algún tipo de participación en los bienes espirituales concedidos a nuestra iglesia con motivo del año jubilar [que concluyó a principios de 2017]», han explicado los dominicos.


Durante la lectura en Malta del documento de hermanamiento.
(Foto: Dominicos)

Tras la buena acogida que tuvo su propuesta entre la comunidad de frailes de Atocha y animado por sus feligreses, el padre Andrew se volvió a poner en contacto con la basílica madrileña para establecer entre ambas comunidades un vínculo más estable.

La idea de un hermanamiento fue cobrando fuerza hasta que se formalizó el lunes 8 de mayo de 2017. El acto de hermanamiento se celebró en la Iglesia maltesa de Nuestra Señora de Atocha (En maltés: Madonna t’Antijokja), que está situada precisamente en la calle Atocia (Atocha) de Hamrum.

Hasta allí se desplazaron un grupo de 53 feligreses madrileños, acompañados por fray José Antonio Álvarez, párroco de la basílica madrileña dedicada también a la Virgen de Atocha, y por fray Xabier Gómez.

Los peregrinos españoles fueron recibidos por un repique constante de campanas desde que el autobús que los transportaba entró en el barrio donde se sitúa la iglesia.

Una vez en Madonna t’Antijokja, se celebró una Eucaristía solemne a la que asistieron cientos de fieles. Acto seguido, tuvo lugar una charla sobre la historia del lugar y se produjo la entrega del docuemnto en el que quedaba reflejado el vínculo espiritual que une a ambos templos y sus respectivas comunidades.

El hermanamiento concluyó con una fiesta en el atrio de la iglesia maltesa en la que la palabra más repetida fue «gracias».

 

Alfa y Omega
José Calderero @jcalderero
Imagen: Peregrinos españoles en la iglesia de Malta dedicada a Nuestra Señora de Atocha.
(Foto: Dominicos)

 

Consistorio para la creación de cinco cardenales el 28 de junio

Serán de Laos, España, Suecia, Mali y El Salvador

(ZENIT- Ciudad del Vaticano). – El Papa Francisco presidirá un consistorio para la creación de cinco nuevos cardenales – uno de España y uno del Salvador -, el 28 de junio de 2017. Él mismo ha anunciado este acontecimiento en la oración del Regina Coeli que ha presidido en la plaza San Pedro el 21 de mayo 2017.

Los cardenales designados provienen de cuatro continentes: uno de Asia, uno de África, uno de América central y dos de Europa “su proveniencia de diferentes países del mundo, ha explicado el Papa, manifiesta la catolicidad de la Iglesia extendida por toda la tierra”.

Y la asignación de un “título” o de una “diaconía” en la Ciudad eterna, ha continuado, “expresa la pertenencia de los cardenales a la diócesis de Roma que, según la expresión conocida de San Ignacio, “preside en la caridad” de todas las Iglesias”.

Los cinco futuros cardenales son todos de menos de 80 años. Ellos serán todos electores en caso de cónclave.

Se trata de:
Mons. Jean Zerbo, arzobispo de Bamako en Mali, 73 años;
Mons. Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, España, 71 años;
Mons. Anders Arborelius, obispo de Estocolmo, Suecia, 67 años;
Mons. Louis Marie Ling Mangkhanekhoun, vicario apostólico de Paksé, Laos, 73 años;
Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San salvador, El Salvador, 74 años.

El jueves 29 de junio, solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el Papa celebrará la misa con los nuevos cardenales, el colegio cardenalicio, con los obispos metropolitanos nominados este año. “Confiamos a los nuevos cardenales a la protección de los santos Pedro y Pablo, ha pedido el Papa, para que por la intercesión del Príncipe de los Apóstoles, sean auténticos servidores de la comunión eclesial y que junto con la del Apóstol de los Gentiles, sean anunciadores gozosos del Evangelio en el mundo entero y que, por su testimonio y su consejo, me sostengan más intensamente en mi servicio de obispo de Roma, Pastor universal de la Iglesia”.

El colegio cardenalicio el 28 de junio
El 28 de junio, con estas nuevas “creaciones”, el Colegio cardenalicio deberá contar con un total de 227 miembros, de los cuales 121 electores (49 creados por el Papa Francisco) y 106 no electores, de más de 80 años.

El último consistorio para la creación de cardenales se remonta al 19 de noviembre de 2016. Al término del Jubileo de la misericordia, el Papa había creado 17 cardenales, de los cuales 13 electores y 4 no electores. Con estos 5 nuevos miembros, el Papa Francisco habrá creado 60 cardenales desde el principio de su pontificado.

Anne Kurian
Traducción : Raquel Anillo

Regina Coeli: “Cada día hay que aprender el arte de amar”

(ZENIT- Ciudad del Vaticano). – “Para un cristiano también, saber amar no se adquiere de una vez por todas: hay que comenzar cada día, … cada día hay que aprender el arte de amar, … cada día hay que perdonar”, ha subrayado el Papa Francisco en el Regina Coeli del 21 de mayo de 2017.

Presidiendo la oración mariana del tiempo pascual en la plaza San Pedro, desde una ventana del palacio apostólico, el Papa ha prevenido: “una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y … es justamente aquí donde el maligno se ”mete” y a veces nos dejamos engañar”.

Cuántas personas, ha deplorado, “se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuantas personas se han alejado, por ejemplo de una parroquia o de una comunidad, a causa del ambiente de crítica, de celos, de envidias, que han encontrado”.

“Escuchad bien esto, añadió el Papa, cada día hay que aprender el arte de amar, cada día hay que seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día hay que perdonar y mirar a Jesús, y esto con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo.”

AK

Palabras del Papa antes del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El evangelio de hoy (cf. Jn 14,15-21), continuación de la del domingo pasado nos lleva a ese momento emocionante y dramático que es la Última Cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan, recoge de la boca y del corazón del Señor, sus últimas enseñanzas antes de su pasión y de su muerte. Jesús promete a sus amigos en ese momento triste, sombrío, que después de Él recibirían “otro Paráclito” (v.16) es decir otro “Abogado”, otro defensor, otro consolador, “el Espíritu de verdad” (v.17); y añade: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (v.18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: resucitado y glorificado, él permanece en el Padre y al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: “Reconoceréis que estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en mí, y yo en vosotros” (v.20).

Mediante estas palabras de Jesús, hoy percibimos con el sentido de la fe, que somos el pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús por el Espíritu Santo. En este misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de su misión, que se realiza por el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: El que recibe mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ame será amado de mi Padre; yo también le amaré y me manifestaré a él” (v.21).

Es el amor el que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de este “abogado” que Jesús ha enviado, el Espíritu Santo. El amor hacia Dios y hacia el prójimo es el mayor mandamiento del Evangelio. El Señor hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica del amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, y especialmente a aquellos que más necesidad tienen de apoyo y consuelo.

Si hay una actitud que nunca es fácil, que nunca se da por seguro, incluso para una comunidad cristiana, es la de saberse amar, de amarse al ejemplo del Señor y por su gracia. A veces, los conflictos, el orgullo, la envidia, divisiones, dejan una marca en el bello rostro de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y por el contrario, es precisamente aquí donde el mal “se involucra” y, a veces nos dejamos engañar.

Son las personas espiritualmente débiles quienes están pagando el precio. Cuantas de entre ellas, – y vosotros conocéis a algunas – cuantas de entre ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuantas personas se han alejado, por ejemplo de una parroquia o de una comunidad, a causa del ambiente de críticas, de celos y de envidias, que han encontrado.

Para un cristiano también, saber amar no se adquiere de una vez por todas; hay que recomenzar cada día, es necesario ejercitarse para que nuestro amor hacía los hermanos y hermanas que encontramos sea maduro y purificado de estas limitaciones o pecados que le hacen parcial, egoísta, estéril e infiel.

Escuchad bien esto, cada día hay que aprender el arte de amar, cada día hay que seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día hay que perdonar y mirar a Jesús, y esto con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo.

Que la Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y señor, nos ayude a ser siempre más dóciles al Paráclito, el Espíritu de verdad, para aprender cada día a amarnos como Jesús nos ha amado.

 

Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

República Centroafricana, China y consistorio

El Papa Francisco llama a la paz en la República Centroafricana y reza por los católicos en China. El anuncia la nominación de cinco nuevos cardenales.

Oro por los difuntos y por los heridos y renuevo mi llamada: que se callen las armas y que prevalezca la buena voluntad de dialogar para dar al país paz y desarrollo”, dijo el Papa después del Regina Caeli, para la paz en la República Centroafricana.

“María nos anima a ofrecer nuestra contribución personal por la comunión entre los creyentes y por la armonía de toda la sociedad”, añadió el Papa, para los católicos en China.

AB

Palabras del Papa después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas!

República Centroafricana
Novedades dolorosas nos llegan por desgracia de la República Centroafricana, que yo llevo en mi corazón, especialmente después de mi visita de noviembre de 2015. Los enfrentamientos armados han provocado numerosas víctimas y desplazados y amenazan el proceso de paz. Estoy cerca del pueblo, y de los obispos y de todos aquellos que se prodigan por el bien de las personas y de la cohabitación pacífica. Oro por los difuntos y por los heridos y renuevo mi llamada: que se callen las armas y que prevalezca la buena voluntad de dialogar para dar al país paz y desarrollo.

La Virgen de Seshan, in China
El próximo 24 de mayo nos uniremos todos espiritualmente a los fieles católicos en China, para la fiesta de la Bienaventurada Virgen María “Auxiliadora de los cristianos”, venerada en el Santuario de Seshan en Shanghai. A los católicos chinos, les digo: elevemos la mirada hacia María nuestra Madre, para que ella nos ayude a discernir la voluntad de Dios sobre el camino concreto de la Iglesia en China y nos sostenga en la acogida de su proyecto de amor con generosidad. María nos anima a ofrecer nuestra contribución personal por la comunión entre los creyentes y por la armonía de toda la sociedad. No olvidemos dar testimonio de fe por la oración y por el amor, permaneciendo abiertos en el encuentro y en el diálogo, siempre.

A los jóvenes confirmados y confirmandos
Dirijo mis saludos cordiales a vosotros fieles de Roma y peregrinos. En particular a la Capilla musical de la catedral de Pamplona; al grupo del Colegio Santo Tomás de Lisboa; a los fieles de la Capilla San Carlos del hospital de la Croix Saint Simon, de París: a los de Torrent (Valencia) España, de Canadá y de los estados Unidos de América, y a algunos de la Isla de Guam.

Un saludo especial a los jóvenes confirmados y confirmandos de la diócesis de Genes: con la ayuda de Dios vendré a visitaros a vuestra ciudad el próximo sábado. Lo mismo que a los “Coccinelles” de Frosinone de la Parroquia de Santa María Goretti en roma.

Nominación de cinco nuevos cardenales
Queridos hermanos y hermanas!

Deseo anunciar que el próximo miércoles 28 de junio, tendré un consistorio para la nominación de cinco nuevos cardenales. El hecho de que provengan de diferentes partes del mundo manifiesta la catolicidad de la Iglesia extendida sobre toda la Tierra y la asignación de un título o de una diaconía en la urbe, expresa la pertenencia de los cardenales a la diócesis de Roma que, según la expresión conocida de san Ignacio de Antioquia, “preside en la caridad” de todas las Iglesias. El jueves 29 de junio, Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, yo concelebraré la Santa Misa con los nuevos cardenales, con el colegio cardenalicio, con los nuevos obispos, los metropolitanos, los obispos y sacerdotes.

He aquí los nombres de los nuevos cardenales: Mons. Jean Zerbo, arzobispo de Bamako, en Mali; Mons. Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, España; Mons. Anders Arborelius, obispo de Estocolmo, Suecia; Mons. Luis Marie-Ling Mangkhanekhoun, obispo titular de Aqua Nuove di Proconsolare, vicario apostólico de Paksé, en Laos; Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo titular de Mulli, auxiliar de la archidiócesis de San Salvador, El Salvador.

Confiamos a los nuevos cardenales a la protección de los santos Pedro y Pablo, para que por la intercesión del Príncipe de los Apóstoles, sean auténticos servidores de la comunión eclesial y que con la del Apóstol de los Gentiles, sean anunciadores gozosos del Evangelio en el mundo entero y que, por su testimonio y su consejo, me sostengan más intensamente en mi servicio de obispo de Roma, Pastor universal de la Iglesia. A todos os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. Buen apetito y adiós!

Traducción de ZENIT, Raquel Anillo