Beato Conrado Confalonieri de Piacenza, en una gruta llevó la vida que había soñado entregado a severas penitencias

Un atentado contra el medio ambiente le condujo a la santidad. Al ver que un inocente acusado del grave delito ecológico iba a ser ajusticiado en su lugar, confesó su culpa dando un giro radical a su vida y a la de su esposa

Los caminos de Dios son inescrutables. En este caso, y no debiera nunca servir como precedente, una gravísima e irresponsable actuación fue el detonante de una conversión y el camino hacia la santidad. Y es que, sin bien es cierto que las pasiones tiranizan no lo es menos que la gracia de Dios nos libera de sus cadenas. A este beato le costó entender que las tendencias obsesivas, «el ansia de las cosas y la arrogancia» pertenecen al mundo y son incompatibles con Él (1 Jn 2, 15-17). Imbuído en sus afanes no midió las consecuencias que podría acarrear el afán irrefenable por obtener lo que quería. Y un hecho que humanamente le condujo al precipicio, la intervención divina –la única influencia posible que cabía en la dramática situación creada por él– lo trocó en fuente de bendiciones. Es otra prueba de la infinita misericordia de Dios y de la tutela que ejerce sobre sus hijos. Analizar lo que fue de la vida de Conrado después de lo que hizo es también un canto a la esperanza ya que pone de manifiesto cómo nos rescata el amor del Padre, a pesar de las debilidades que nos atenacen.

En efecto. El noble Confalonieri nacido en Piacenza, Italia, hacia 1290 estaba obsesionado con la cinegética, al punto de que obnubilado por ella, actuó de forma temeraria. Saliendo de cacería en una ocasión, no se le ocurrió otra cosa que dar orden a sus sirvientes de que prendieran fuego a una zona boscosa donde se refugiaban unas codiciadas piezas de caza con objeto de tenerlas a tiro sin mayores problemas. Pero las llamas devoraron todo lo que hallaron a su paso, incluidas propiedades ajenas edificadas en el bosque. No contando con testigos del suceso, abandonaron cobardemente el lugar, resueltos a convertirse en una tumba, ocultando su autoría.

Ante el desastre ecológico y las denuncias de los afectados por él, se abrió una investigación que no dio el resultado apetecido, hasta que las autoridades determinaron condenar a muerte a un pobre infeliz que cayó en sus manos. Le culpaban del voraz incendio, del que reconoció ser autor mediante tortura, aunque su único pecado era haberse hallado en el monte en el funesto instante en el que ardió. Al no contar con medios económicos para resarcir los daños causados, debía pagarlos con su vida. El impulsivo Confalonieri, sabedor de la grave decisión, se entregó al vicario imperial Galeazzo Visconti. Confesó su culpa en un momento convulso políticamente para el mandatario, por los conflictos existentes entre güelfos y gibelinos, lo cual también tuvo que ver en el rápido e injusto proceso seguido contra el ciudadano inocente.

El reconocimiento de su error supuso para Conrado la pérdida de sus bienes y los de su esposa, Eufrosina de Lodi, de ascendencia nobiliaria como él. Viéndose en la ruina, comenzó a mendigar. Pero el hecho, lejos de hundir a los esposos, les hizo ver que detrás se hallaba una providencia. El arrepentimiento de Conrado, aunque estuviera envuelto en graves consecuencias para su acontecer, ya que habían quedado en la más completa miseria, atraía nuevas y desconocidas bendiciones para ambos. Sopesaron la situación llevándola a la oración y, de común acuerdo, optaron por separarse y tomar un camino que, si bien discurría por vías distintas, les iba a conducir al mismo destino: su consagración. Eufrosina ingresó con las clarisas de Piacenza. Y Conrado, con el ánimo de purgar sus culpas en oración y penitencia como ermitaño, se hizo terciario franciscano en Calendasco el año 1315. Luego peregrinó por varios lugares pasando por Roma y Malta, para recalar en Sicilia. Eligió un lugar de Noto Antica y allí permaneció aproximadamente hasta 1335.

Durante un tiempo colaboró asistiendo a los enfermos del hospital de San Martín, todo ello sin descuidar sus mortificaciones y penitencias. Su fama comenzó a atraer a numerosas personas y él veía peligrar su anhelo de soledad para dedicarse plenamente a Dios. De modo que se afincó en Pizzoni, una zona cercana a Noto, y en una gruta llevó la vida que había soñado entregado a severas penitencias, ofrendando su vida por la conversión de los pecadores. Allí le visitó el prelado de Siracusa cuando se hallaba en la recta final de su existencia. Murió el 19 de febrero de 1351 mientras oraba. Fue agraciado con el don de milagros. En 1515 León X lo declaró «Beato no canonizado» y Urbano VIII aprobó su culto el 12 de septiembre de 1625. Sepultado en la iglesia de San Nicolás de Noto, es junto a san Nicolás de Bari, patrono de aquella ciudad.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

Francisco a los Clérigos Marianos: evangelizar no con la ‘pobreza sociológica’, sino con la de Jesús

Francisco les exhorta a “tener corazón y mente abierta hacia las nuevas necesidades de la gente”

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco exhortó a los Sacerdotes marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, a ser fieles al carisma de su fundador y “tener corazón y mente abierta hacia las nuevas necesidades de la gente”.

La exhortación la hizo este sábado 18 en el Vaticano, en la audiencia concedida a los participantes del Capítulo general de la congregación que se realiza en Roma del 5 al 25 de febrero en curso.

Señalando el carisma del fundador, san Estanislao de Jesús y de María, canonizado el año pasado, les pidió “mantener viva esta tradición de servicio a las personas pobres y humildes, a través del anuncio del Evangelio, con un lenguaje comprensible, con las obras de misericordia y el sufragio de los difuntos”. Y precisó: “No la pobreza sociológica” sino “la de Jesús.

“Vuestra congregación –recordó el Papa– tiene una larga historia escrita por valientes testimonios de Cristo y del Evangelio. En esta estela ustedes están hoy llamados a caminar”, cultivando una “estrecha colaboración con los obispos y otros componentes de la comunidad eclesial”.

Les recordó que aún hoy “muchos esperan poder conocer a Jesús”, y que “no pocas situaciones de injusticia y malestar moral y materialismo interpelan a los creyentes”.

El Pontífice concluyó: “A vuestra madre y patrona, María Inmaculada, confío vuestro camino de fe y de crecimiento, en la constante unión con Cristo y su Santo Espíritu, que ve vuelve testimonios de la potencia de la Resurrección”, e impartió su bendición apostólica

Sergio Mora
Imagen: El Papa con los participantes al capítulo general de la congregación
(Foto Osservatore © Romano)

El cardenal Carlos Amigo presenta su libro Francisco de Asís. Historia y leyenda

El liro editado por SAN PABLO es un acercamiento a la historia, la vida y el espíritu del santo de Asís, con la intención de reflejar su amor a Dios, su pobreza y su fraternidad. La presentación será el lunes, 27 de febrero, en la sede de la Editorial, con la participación del Cardenal Carlos Osoro
El Cardenal Carlos Amigo Vallejo, arzobispo emérito de Sevilla, presenta en Madrid su libro "Francisco de Asís. Historia y leyenda", editado por SAN PABLO. Monseñor Amigo estará acompañado por el arzobispo titular de la Diócesis, el Cardenal Carlos Osoro Sierra, por el Vicario Provincial de la Provincia Franciscana de la Inmaculada, Fr. José María Sainz Giménez, y por Mª Ángeles López Romero, directora editorial de SAN PABLO. La presentación será en el Salón de Actos de la Editorial SAN PABLO (Protasio Gómez, 15), el próximo lunes, 27 de enero, a las 19 horas.

En esta obra, el cardenal Carlos Amigo redescubre la historia, la vida y el espíritu del santo de Asís con la intención de reflejar su amor a Dios, su pobreza y su fraternidad. En propias palabras del autor, «el santo de Asís es una fuente viva de la que sale por todos los caños el manantial gozoso de saber que Dios es nuestro Padre y que Jesucristo es el primer Hermano». Apoyándose en las genuinas fuentes franciscanas, en los estudios históricos recientes y en el magisterio de los últimos Papas, el Cardenal interpreta la historia de este santo de leyenda, cuya sencillez y humildad acabó transcendiendo su época para convertirse en una de las más altas manifestaciones de la espiritualidad cristiana.

«Este libro –dice el Cardenal en la Introducción– se ha escrito después de muchas horas de lectura de fuentes y documentos, de visitar como peregrino los lugares por los que discurrieran los acontecimientos y contemplar, desde la experiencia de Dios, la historia, vida y espíritu de Francisco de Asís. No podían faltar, en este encuentro con un santo tan querido, aquellos hombres y mujeres que quisieron seguir lo más de cerca posible el espíritu y la obra de Francisco. Son personas ejemplares que hicieron de su propia vida un camino de santidad. Santas y santos que son fiel reflejo de la forma de vida franciscana».

 

Beato Lucas Belludi, hombre profundo y sencillo, excelente predicador; poseía una vasta cultura

Este heraldo de san Antonio de Padua engarzó con su vida una hermosa sinfonía de fraternidad y comunión. Tal fue su vínculo con el santo capuchino que fue denominado Lucas de san Antonio. Escribió sus Sermones

El 17 de febrero se celebra a los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de la Virgen María, y también, entre otros, la de este beato.

La vida de un apóstol es una aventura apasionante. Una misteriosa dádiva otorgada al margen de flaquezas y cualidades le hace permeable a la gracia. Lleno de celo apostólico, instado por el Espíritu Santo a compartir su fe con todo aquel que pase por su lado, tiene en sus manos la imponente responsabilidad de influir en la vida de una persona, –porque esa es la voluntad de Dios que lo ha elegido libremente destinándole a dar abundantes frutos (Jn 15, 16-17)–, para que oriente sus pasos hacia Él. Lucas fue uno de los agraciados para seguir a Cristo y hacerlo, además, acompañando a uno de los más estimados santos de la Iglesia: Antonio de Padua. Por si fuera poco, el pistoletazo de salida para su entrega definitiva se lo dio personalmente san Francisco de Asís.

Nació en Padua, Italia, en el seno de la adinerada familia Belludi, a finales del siglo XII o al inicio del XIII. Fue un hombre profundo y sencillo, excelente predicador; poseía una vasta cultura. En 1220 fue cuando se produjo su decisivo encuentro con san Francisco. La presencia en la ciudad del Poverello tenía carácter apostólico. Era una escala que se produjo tras su paso por Oriente y aprovechó su estancia en Padua para fundar un convento cerca de Venecia, que se erigió al lado de la iglesia de Santa María de Arcella. Fue un lugar emblemático, lleno de historia. En el hospicio para los frailes que lo atendían, el santo de Asís –al igual que hizo con una integrante de las Damas Pobres de santa Clara, la beata Elena Enselmini–, impuso a Lucas el hábito que le convertía en miembro de la Orden de los Frailes Menores. Todo parece indicar que su amor por el sacerdocio se lo debió a Francisco que apreció en él las virtudes y disposición requeridas para ello.

Lucas convivió durante siete años, caracterizados por una intensa labor apostólica, oración y penitencia, junto a esa primera comunidad que habitó el convento. Allí escribió los Sermones que eran fruto de su reflexión y profundas vivencias. La divina Providencia quiso que en esa época se encontrara con Antonio. Éste había regresado a Italia en 1227 después de haber predicado en el sur de Francia. Pentecostés de ese año había tenido un peso significativo en la vida de este gran santo capuchino, ya que fue designado ministro provincial del norte de Italia. Lucas estuvo presente en ese capítulo general realizado en La Porciúncula, y ya no se separaría de él. De modo que, ambos, Antonio y él, llevaron el mismo camino. Se convirtió en su brazo derecho, le acompañó a todas partes, y fue testigo de su predicación ante el pontífice Gregorio IX en la Cuaresma de 1227.

Tres años más tarde, siempre unidos en el mismo espíritu, llegaron a la ciudad de Asís en la que se celebró nuevo capítulo general. Fueron instantes plagados de emociones y vivencias espirituales compartidos con numerosos frailes que se hallaban presentes en el traslado del cuerpo de san Francisco. Sus restos se encontraban en la iglesia de san Jorge y descansarían a partir de entonces en la basílica construida en la colina del Paraíso.

La salud de Antonio andaba entonces bastante maltrecha. Su fama de santidad le precedía y las noticias sobre los hechos prodigiosos que se obraban en su presencia habían traspasado fronteras. Nobles y plebeyos se lo disputaban. Al regreso de Asís, el conde Tiso lo acogió en Camposampiero. Lucas, que siempre estaba al lado de Antonio, previniendo su fin dispuso su traslado a Padua. Y fue en Arcella donde le acompañó y le asistió permaneciendo junto a él hasta que exhaló su último aliento el 13 de junio de 1231. El estrecho lazo que vinculó a ambos propiciaría su denominación de «Lucas de san Antonio». Después de la muerte de éste, Lucas fue elegido Ministro provincial en distintas ocasiones. En esa época, el temido Ezzelino II, que ejercía un poder autoritario en la región y oprimía a la Iglesia, tuvo noticias de su valentía porque no dudó en enfrentarse a su lugarteniente Ansedisio denunciando los constantes abusos, crueldades y tropelías del gobernante. El resultado fue el destierro y el embargo de las posesiones de su familia.

Lucas prosiguió trabajando, redactando los Sermones de Antonio que publicó. Además, escribió sus propios Sermones Dominicales junto a diversas obras que en su mayoría aún permanecen inéditas. Testigo privilegiado de las virtudes del santo de Padua, fue promotor de su causa (Antonio fue canonizado a los once meses de su fallecimiento por Gregorio IX) y estuvo también al frente de la construcción de su basílica en esta ciudad. Entonces era provincial y en el transcurso de su misión fue artífice de nuevos conventos. Este hombre humilde y caritativo murió en el hospicio de la Arcella (Padua) el 17 de febrero de 1286. Se dio la circunstancia de que su cuerpo fue enterrado en el mismo sepulcro que inicialmente había acogido el de Antonio, sepultura que se halla en la basílica erigida en su honor. En 1971 sus restos se trasladaron a otra tumba ubicada en el mismo templo. Su culto fue aprobado el 18 de mayo de 1927 por Pío XI.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)
Imagen: Beato Lucas Belludi
(Franciscanos.org)​

 

La paloma, el arco iris y la alianza, fortalecerlos es responsabilidad de todos

El Papa recuerda cuando era niño y recibió la noticia de que la guerra había terminado

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Todos tenemos la responsabilidad de custodiar la paz, porque la guerra inicia en el corazón del hombre. Lo ha asegurado el santo padre Francisco en la homilía de la misa que ha celebrado este jueves 16 de febrero de 2017, en la Casa santa Marta.

La paloma, el arco iris y la alianza, en estos tres puntos presentes en la primera lectura del Génesis, se detuvo el Santo Padre. La alianza que Dios hace es fuerte, aseguró Francisco, “pero no es fácil custodiar la paz”.

“Es un trabajo de todos los días –señaló– porque dentro de nosotros está esa semilla, aquel pecado original, el espíritu de Caín que por envidia, celos, avidez y querer dominar, hace la guerra”.

Por eso se lee en la primera lectura “pediré cuenta al hombre de la vida del hombre, a cada uno, de su hermano”.

“Hoy en el mundo hay derramamientos de sangre. Hoy en el mudo hay guerras. Tantos hermanos y hermanas mueren, también inocentes, porque los grandes, los potentes quieren un pedazo de tierra, más poder o ganar más con el tráfico de las armas”.

“Y también a nosotros, aunque aquí nos parece estar en paz, el Señor pedirá cuentas sobre la sangre de nuestros hermanos y hermanas que sufren la guerra”, dijo.

Cómo se preocupa uno y cuida uno el arco iris y la paloma de la paz, “¿qué hago para que el arco iris sea siempre una guía?”, porque “todos nosotros estamos involucrados en esto”.

La oración por la paz “no es una formalidad, el trabajo por la paz no es una formalidad”, y señaló que “la guerra inicia en el corazón del hombre, en la casa, en las familias, entre amigos y de allí a todo el mundo”.

Cuando miramos el diario o los noticieros, ¿somos sensibles a las noticias de las bombas que caen en un hospital, una escuela o que matan a los niños? La paz “no solo hay que custodiarla, sino construirla con las manos, artesanalmente, todos los días”.

El Papa recordó un hecho que vio en su niñez: “Inició a sonar la alarma de los bomberos, después en los diarios y en la ciudad. Esto se hacía para llamar la atención sobre algún hecho, tragedia u otra cosa. Y sentí a la vecina que llamaba a mi mamá: ‘Señora Regina, venga, venga, venga. Mi madre salió un poco asustada: ¿Qué paso?. Y esa señora de la otra parte del jardín le decía: ‘¡Ha terminado la guerra’!, y lloraba.

“Que el Señor nos de la gracia de decir: ‘ha terminado la guerra y llorando. Ha terminado la guerra en mi corazón, en mi familia, en mi barrio, en mi trabajo, ha terminado la guerra en el mundo”. Así será más fuerte la paloma, el arco iris y la alianza.

Imagen: Los diarios anunciaron el final de la II Guerra Mundial

Beato José Allamano, espiritualmente creció entre dos santos: su tío José Cafasso y Juan Bosco»

La urgencia en el seguimiento de Cristo es una fuente de inagotables bendiciones. Este fundador de las misioneras de la Consolata lo descubrió pronto. 

 «Primero santos, después misioneros», era una de las hondas persuasiones de este fundador. Sabía que si el eje que vertebra cualquier acción es la santidad, la gracia se derrocha a raudales. Nació en Castelnuovo d’Asti, Italia, el 21 de enero de 1851. Sus padres eran campesinos y tuvieron cinco hijos. José fue el cuarto. A los 3 años perdió a su progenitor, y a partir de entonces su madre, su maestra Benedetta Savio, su tío san José Cafasso y san Juan Bosco se ocuparían de formarle en las distintas etapas de su vida. Su encuentro con éste último se produjo en 1862. José era uno de los moradores del Oratorio de Valdocco y tuvo la gracia de tenerle como confesor.

Los cuatro años que pasó junto a Don Bosco, como le sucedió a otros muchachos, dejaron una profunda huella en su vida. De hecho, el afecto por este gran maestro perduró siempre en su corazón. No en vano había descubierto su vocación junto a él. De Valdocco partió a Turín. No había quien lo detuviese. Por eso, cuando sus hermanos mostraron frontal oposición a su decisión de convertirse en sacerdote, se posicionó advirtiendo con firmeza: «El Señor me llama hoy … no sé si me llamará aún dentro de dos o tres años». Así es. El «tren de las 5», dicho en términos metafóricos, pasa a esa hora exacta y no a otra, y José lo tomó. Son radicales decisiones que cambian la vida, cascada inextinguible de bendiciones.

Su salud era lamentable. En más de una ocasión estuvo a punto de morir. La debilidad que fue compañera de su vida se hizo patente el primer año de su permanencia en el seminario. Pero como Dios dilata las fuerzas humanas hasta límites insospechados, atravesó ese itinerario llenándolo con sus virtudes que edificaron al resto de sus compañeros, y fue ordenado en 1873. Poseía excelentes cualidades para la formación. Por eso, y aunque le hubiera agradado especialmente la labor pastoral ejercida en una parroquia, pasó siete intensos años dedicados a los seminaristas en calidad de asistente y director espiritual del seminario mayor por expresa designación del arzobispo, monseñor Gastaldi. Mientras, seguía completando sus estudios. Obtuvo la licenciatura en teología y la acreditación para impartir clases en la universidad entre los años 1876 y 1877. Además de enseñar derecho canónico y civil, se convirtió en el decano de estas facultades.

En 1880 le designaron rector del santuario de la Consolata, patrona de Turín. Inicialmente temió a su juventud y la inexperiencia de sus 29 años. El bondadoso arzobispo, que ya le había animado cuando le encomendó el seminario, le escuchó paternalmente y acogió benévolo su inquietud: «Pero monseñor, soy muy joven», había dicho José. Y el prelado nuevamente le alentó: «Verás que te amarán. Es mejor ser joven, así, si cometieras errores, tendrás tiempo para corregirlos». Inspirado consejo. Ese fue el destino de José hasta el final.

Tomó como estrecho colaborador a su amigo y dilecto compañero, el padre Santiago Camisassa. Y juntos sellaron una bellísima historia de amistad que duró más de cuatro décadas. Compartieron colegialmente, con caridad y respeto, diversos proyectos que pusieron en marcha. Entre los dos convirtieron el santuario en un templo ricamente restaurado y espiritualmente renovado haciendo de él un importante núcleo mariano. José era un gran confesor. Fue rector del santuario de san Ignacio, un lugar en el que había resonado también la voz de su tío, san José Cafasso, que incendió su corazón con un amor singular por los seminaristas y sacerdotes. Allamano convirtió el lugar en un centro de espiritualidad genuino que estaba a rebosar; tal era su influjo sobre las gentes. Se había propuesto «hacer bien el bien y sin hacer ruido». Tenía un espíritu misionero ejemplar acrecentado al tratar con uno de ellos que estaba destinado en Etiopía, Guillermo de Massia, y el celo apostólico que le caracterizaba lo inculcó a los sacerdotes. Lo tenía claro: él no había podido ir a misiones, pero otros podrían hacerlo. Y llevó a su oración este anhelo.

En 1900 se libró milagrosamente de una grave enfermedad por las fervientes oraciones dirigidas a la Virgen de la Consolata y la ayuda del cardenal Richelmy. Un año después recibió la autorización para dar inicio a su fundación. Primeramente surgieron los misioneros. En 1909 mantuvo una audiencia con Pío X, quien animándole a dar otro nuevo paso, le dijo: «…si no tienes vocación para fundar religiosas, te la doy yo». Y el 29 de enero de 1910 puso en marcha la fundación de las misioneras de la Consolata. Tres años más tarde partían para las misiones.

Este incansable apóstol y gran formador de jóvenes y sacerdotes, devoto de María e impulsor de una revista mariana, estuvo implicado en numerosas acciones, incluidas las que llevó a cabo durante la Primera Guerra Mundial. Murió en Turín el 16 de febrero de 1926. En su testamento hizo notar: «Por ustedes he vivido tantos años, y por ustedes he consumido bienes, salud y vida. Espero que, al morir, pueda convertirme en su protector desde el cielo». Fue beatificado el 7 de octubre de 1990 por Juan Pablo II.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

La catequesis tiene una tarea pendiente con la discapacidad intelectual

La Conferencia Episcopal impulsará la atención a personas que viven esta realidad y anima a las diócesis a poner en marcha servicios específicos y a formar catequistas especializados. Son pocas, pero en España ya hay algunas experiencias de éxito en este sentido

Toya tiene 52 años y una discapacidad intelectual del 85 % y, sin embargo, una profunda vida de fe. Suele decir que su misión en este mundo es la de hacer felices a muchas personas y que vayan al cielo. El día de su Confirmación, al volver a su sitio tras la unción, dijo a quienes la acompañaban: «Ahora lo que procede es que me arrodille para dar gracias por recibir el Espíritu Santo». Su hermana, Miriam, de 40 años, también tiene discapacidad; en su caso, del 65 %. Tiene síndrome de Down. Tras la muerte de su abuelo y al ver a su madre llorar, dice: «¿Por qué lloras? El abuelo vive. Está en el cielo». En un congreso en México, ante más de 1.000 personas, contestó a unas 50 preguntas. Sobre Dios, dijo que para es «una maravilla, porque me ha dado la vida», y añadió que «es un Ser que no vemos, pero que está; cuando muera y resucite veré a Dios cara a cara y sabré cómo es».

Toya y Miriam son un ejemplo de la importancia de la fe y la trascendencia para las personas con discapacidad intelectual, siempre y cuando se les acompañe en sus procesos de iniciación cristiana y se haga de una manera adecuada a sus capacidades. En el caso de estas dos hermanas, los padres –María Victoria Troncoso y Jesús Flórez– han tenido mucho que ver; ellos se dieron cuenta de que necesitaban una formación específica y lucharon por que la tuvieran. Hoy, de esta experiencia se benefician los jóvenes y adultos de la Fundación Síndrome de Down de Cantabria, fundada y dirigida por la propia María Victoria, pionera en la adaptación de la catequesis a personas con estas características. «Este año se han inscrito en la catequesis 24, con edades que van de 16 a 48 años. La respuesta es increíble por varias razones: porque no hay faltas de asistencia, salvo por enfermedad o consulta médica; porque varias familias no tienen fe o no practican, pero no ponen obstáculos para que sus hijos asistan; porque su atención e interés son muy grandes, porque se esfuerzan de un modo notable por aprender y se ofrecen voluntarios a cuanto se les pide».

Los chicos que acompaña María Victoria son unos pocos de las 235.000 personas con discapacidad intelectual que viven en nuestro país, según Plena Inclusión, organización que representa a este colectivo. 40.000 tienen entre 0 y 18 años; 68.500 entre 18 y 34; y 108.700, entre 35 y 64 años. Aunque su realidad no es fácil –todavía existen muchas barreras, no todas físicas–, es cierto que a nivel social estas personas van encontrando su lugar. En la Iglesia, sin embargo, queda mucho por hacer. Como María Victoria, María de la Peña Madrid es una de las pocas personas que en la Iglesia se dedican a la discapacidad en todo su conjunto. En su caso, en Sevilla. Comenzó con la pastoral del sordo y pronto la amplió a todas las discapacidades. Ahora, todos los años organiza seminarios con catequistas para sensibilizarles: les expone todas las discapacidades, cómo es cada persona, cómo tratarlos, cómo reaccionar ante un problema médico; también se les enseña a preparar e impartir una sesión de catequesis y a adaptar cada tema a la situación concreta. «Todos somos catequistas, pero no todos somos válidos para este tipo de catequesis. Se necesita mucha paciencia, creatividad, flexibilidad…», explica.

María de la Peña impartió precisamente este martes una ponencia sobre esta cuestión en la reunión de los delegados de Catequesis de todas las diócesis de nuestro país. Con el encuentro «se quiere dar un impulso» a la atención a la discapacidad en la iniciación cristiana, tanto de niños como de adultos, tal y como reconoció el director del Secretariado de la Subcomisión Episcopal de Catequesis, Juan Luis Martín Barrios, a Alfa y Omega. «Les animé a ponerse en marcha –apunta María de la Peña–, porque la catequesis para personas con discapacidad intelectual funciona en muy pocas diócesis. Antes, estas personas no llegaban a nuestras iglesias porque estaban marginadas, pero ahora se puede hacer. Les di, además, pautas que seguir en este campo. Si consigo que una cuarta parte de los delegados dé el paso, me sentiría más que satisfecha, pues esta es una tarea pendiente en la Iglesia».

Atención individualizada
La propuesta de María de la Peña pasa por que en cada parroquia haya un catequista de apoyo para recibir y acompañar a los niños con discapacidad y por que se les integre en la comunidad en función de sus capacidades. «Por ejemplo, habrá niños que necesiten una preparación antes de unirse a la sesión con todo el grupo; otros tendrán que recibir la catequesis de manera individualizada y luego unirse al grupo para la oración y los cantos», explica.

En la diócesis de Jaén, donde es delegado de Infancia y Adolescencia Javier Valsera, existe desde 2010 un itinerario de catequesis para personas con discapacidad intelectual. Se trata de una propuesta individualizada para la que se han elaborado materiales específicos y que tiene un equipo integrado por el delegado, una psicóloga y una profesora de educación especial, además del familiar del niño. «Cuando llega un caso a una parroquia, la solicitud se remite al equipo que se reúne con la familia, su maestro y se hace una evaluación inicial. Luego se va orientando al catequista sobre qué hacer o qué apoyo necesita ese niño en concreto. Al final de cada trimestre se hace una revisión de todos los aspectos», explica. Javier lo conoce, además, porque lo vive en casa. Su hijo Marcos tiene síndrome de Down y, aunque no ha empezado la catequesis, ve en él muchas posibilidades.

Una Iglesia acogedora

Javier cree que hoy, en el ámbito de la discapacidad intelectual, la Iglesia «tiene que ser acogedora con estos niños y sus familias, pues más que una discapacidad, tienen capacidades especiales». Lo ve en su propio hijo: «Es increíble la alegría que tiene. Se encuentra contigo después de cinco minutos y parece que lleva tres días sin verte. Es capaz de percibir cosas que nosotros no podemos y, en este sentido, somos también discapacitados. Las limitaciones son posibilidades; a lo mejor no es capaz de leer con cinco años, pero hace otras cosas… Para la Iglesia, estos niños son una riqueza».

María Victoria Troncoso va más allá y dice que la discapacidad intelectual es «una ventaja para acceder a lo sobrenatural». Y lo explica: «No se trata de razonar lo que es un misterio y un don, aunque obviamente es muy razonable tener fe. Me da la impresión de que las personas a las que atiendo acceden a Dios y a las verdades de fe de un modo directo, sin poner los obstáculos que ponemos cuando queremos demostrar y tener pruebas directas de lo que creemos. Es una gran ventaja para ellas la bondad de su corazón, la incapacidad natural, recibida, de hacer daño al otro. Con una conciencia así, es mucho más fácil estar preparado para aceptar verdades reveladas».

Nuevos evangelizadores
Por eso, Javier Valsera cree que acercarse a la realidad de la discapacidad y acompañarla desde la catequesis tiene muchos beneficios para la propia Iglesia. Por ejemplo, dejar a un lado las prisas: «Estos niños nos ayudan a poner en práctica una pastoral de la persona, de fuego lento, de saborear el catecumenado. Además, tenemos que darnos cuenta de que no somos los únicos que intervenimos en los procesos; Dios actúa, la gracia actúa y para eso tenemos que tener paciencia y poner de nuestra parte. Los catequistas pueden pensar que atender a personas con discapacidad es una carga, pero es una oportunidad que Dios nos da para experimentar lo que es ser pastor, catequista en toda su expresión».

Marcos,tiene síndrome de Down. Todavía no ha empezado la catequesis pues tiene cinco años y aunque tendría que hacerlo el próximo curso, probablemente no lo haga hasta el siguiente. Aunque Marcos tiene ventaja, pues sus padres, Javier y Eva, ya le han ido iniciando en la fe, lo que se llama técnicamente despertar religioso. Al principio, como su hermano mayor, Samuel, besaba la cruz que su padre lleva al cuello y ahora es capaz de rezar el padrenuestro y el avemaría. Foto: Javier Valsera

Otra de las iniciativas pioneras en este campo tiene lugar a poco más de 25 kilómetros de Madrid, en Tres Cantos. Allí, Isabel Cano imparte catequesis a adultos con discapacidad intelectual en la parroquia Santa María Madre de Dios con un sencillo método que recorre el padrenuestro y que, el pasado año, se plasmó en un libro titulado Orar con sencillez de corazón, que ha escrito con uno de sus grupos. Al recorrer esa oración universal, Isabel se dio cuenta de la «gran profundidad espiritual» de estas personas y de lo «mucho que tienen que decir» en la Iglesia. De hecho, afirma que su «mirada sencilla tiene mucho que enseñar» y que son «nuevos evangelizadores».

La propia Isabel nos hace llegar algunas de las aportaciones que estos catecúmenos comparten sobre el amor. «El amor es seguir el camino de Jesús. Es creer en los más necesitados y en los que más sufren» o «Dios nos enseñó lo que es el amor. Por eso, mandó a su hijo Jesús al mundo para salvarnos. Nosotros tenemos que ver a los demás como si fuéramos nosotros mismos, queriéndoles y dando todo por ellos».

La visita del cardenal Osoro
Precisamente, en este mismo sentido, se manifestó el cardenal arzobispo de Madrid, la mañana del viernes 10 de febrero, que dedicó en su integridad a la discapacidad con la Fundación Ande y el Servicio Bibliográfico de la ONCE. Habló de las «capacidades diferentes» que tienen estas personas y afirmó que está seguro de no tener «las mismas capacidades que ellos». «Han cambiado mi corazón, lo han afectado, cosa que, a lo mejor, yo no puedo hacer con los demás y ellos sí», añadió.

María Victoria Troncoso lo ha experimentado con sus hijas al escucharles reflexiones de gran profundidad, con gran sentido común, en cuestiones que ella no les había explicado. «Para mí es una manifestación de los dones del Espíritu Santo. Mis hijas son muy diferentes y cada una tiene su propia vida de piedad. Miriam vive cada día varias prácticas piadosas: el ángelus, la visita a la capilla, la lectura del Evangelio… Toya encuentra todos los días motivos para dar gracias a Dios: desde una comida normal hasta una puesta de sol o un programa de televisión. Cuando salimos de paseo solemos rezar juntas el rosario».

Concluye diciendo que sus hijas, como otras personas en su situación, ya son cristianas desde el bautismo y, por ello, «tienen el derecho y nosotros el deber de hacerles crecer en ese aspecto fundamental de la vida».

Fran Otero @franoterof
Imagen: María Victoria Troncoso, en el centro, con los brazos cruzados, con uno de sus grupos de catequesis
Foto: Fundación Síndrome de Down de Cantabria

Manos Unidas para ser reflejo de su luz

El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en su nueva carta semanal, recuerda que «el escándalo del hambre, que padecen tantos millones de personas, no puede dejarnos impasibles». De esta manera, el prelado invita a «acoger la sabiduría de Dios», a «vivir desde el horizonte que Dios da a nuestra existencia y que se nos regala en Jesucristo» y a «escuchar siempre a Dios y vivir según lo que somos, imagen de Dios». Este es el texto íntegro de la carta del 15 de febrero titulada «Manos Unidas para ser reflejo de su luz»:

Os cuento lo que este fin de semana he vivido. Me ha dado luz y creo que os puede iluminar y ofrecer un camino realizado por testigos del compromiso con los demás. Lo he vivido con los niños. Ellos, con esfuerzo, en una barriada donde no abunda el dinero, han sido capaces de decirnos con su vida y con sus obras que es cierto lo que el lema de la campaña de este año de Manos Unidas nos expresa: El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida. Se pusieron manos a la obra y han sido capaces de movilizar a todos para unir las manos, el corazón y su pensamiento hacia esos 800 millones de seres humanos que padecen hambre, entre los que se encuentran muchos niños como ellos. Así nos demuestran que si somos solidarios, si experimentamos y hacemos ver a todos eso que decimos en el padrenuestro –que somos hermanos y que lo que tenemos en nuestra familia es para todos–, podemos hacer un mundo diferente. ¡Qué bueno es vivir haciendo la voluntad de Dios! ¡Qué grande es el ser humano cuando busca hacer esa voluntad con todo su corazón! ¡Qué hondura tiene la vida cuando la construimos en y desde el Señor, que es donde adquiere firmeza y seguridad para uno mismo y para los demás! ¡Qué belleza la del ser humano cuando le pide a Dios que nos facilite abrir los ojos y contemplar las maravillas que Él quiere hacer a través de nosotros!

Los niños de esta parroquia a la que me refiero, a lo largo del año, han querido hacer un gesto y una obra significativa. Tenían una hucha de cartón en su casa e iban poniendo sus ahorros en la misma, pensando que lo suyo era para otros que estaban peor, pasando hambruna y miseria, y que ellos podían aportar algo. Y ese algo era su compromiso, su solidaridad. Ellos saben que esto es lo que cambia el mundo. Por algo el Señor dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis». La atención que Él muestra en el Evangelio por los niños tiene su razón de ser. Son los que tienen más limpios los oídos para escuchar y más limpios los ojos para ver las necesidades de los demás. ¡Qué fácil es ver cómo un niño entiende esas palabras de Jesús en las que nos muestra que Él está en cada uno de los que nosotros ayudamos: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis». Gracias por hacernos sentir en lo más profundo del corazón el deseo de revelar y mostrar con obras el amor mismo de Jesús a todos los hombres con un cambio de corazón y con la preocupación por hacer que esta tierra sea una gran familia de hermanos, donde todos nos ayudamos y nadie pase necesidad. 800 millones de seres humanos que padecen hambre pueden desaparecer. Si somos solidarios, pueden comer. Hay en esta tierra riqueza y medios para todos. Hagamos posible esto.

El escándalo del hambre, que padecen tantos millones de personas, no puede dejarnos impasibles. ¡Cómo no sentir la dicha y la necesidad de caminar en la voluntad del Señor que quiere que los hombres vivamos como hermanos! ¡Cómo no guardar sus deseos en el corazón: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado»! ¡Cómo no hacer el bien, viviendo y cumpliendo su Palabra! ¡Cómo no vamos a decirle al Señor desde lo más profundo de nuestro corazón: «Señor ábreme el corazón, los ojos, el pensamiento para que vea las necesidades de mis hermanos»!

El Señor nos hace tres invitaciones:

1. A acoger la sabiduría de Dios. Que nos hace ver cuáles son los mandatos de Dios que más se hunden en la profundidad de nuestro corazón, para cambiarlo. Con la sabiduría de Dios, distinguimos perfectamente la elección que Él desea que hagamos. Tenemos delante de nosotros «muerte y vida». Él nos invita a vivir de su gracia. Es su deseo que demos siempre vida. Solamente lo podemos hacer con esa sabiduría que viene de Dios, que nos revela Jesucristo con su vida entre nosotros y que nos impulsa a cambiar este mundo y las relaciones entre los hombres. Se da ese cambio cuando se transforma el corazón, y nos hace ver que no puedo dejar a mi hermano, que tengo que responder con compromiso y ello me exige dar y darme en la totalidad de lo que soy y de lo que tengo.

2. A vivir desde el horizonte que Dios da a nuestra existencia y que se nos regala en Jesucristo. Nos ha preparado el ser uno en Él. Ser su Cuerpo, que se mueve y conmueve con obras y palabras que son las de Jesucristo. ¡Qué hondura tiene vivir en comunión con el Señor! ¿Puede un ser humano desentenderse de quien está a su lado si dice que su vida es la del mismo Cristo? Por supuesto que no. La relación y la vida de Cristo en nosotros crea tal comunión con el hermano que no puede permanecer impasible ante quien no tiene lo necesario para vivir con la dignidad que Dios mismo le reconoce, al «ser su imagen».

3. A escuchar siempre a Dios y a vivir según lo que somos, «imagen de Dios». Como tal acogemos el deseo del Señor: «Habéis oído que se dijo, pero yo os digo». ¡Qué novedad nos trae Jesucristo! Creo que se puede resumir en estas realidades:

a) Cambio de las relaciones entre los hombres, pues «se dijo no matarás, yo os digo mucho más, ni siquiera tener cólera e insultos»: matamos cuando no reconocemos en quienes nos encontramos la imagen de Dios, cuando dejamos que se estropeen esas imágenes por falta de los medios necesarios para subsistir o por otros motivos. Regalemos esa imagen que somos: regalad vida, entrega, esperanza, ilusión, verdad, fortaleza, generosidad. Ofreceos para ser puentes, distanciaos de ser muros. Sed mediadores para que todos los hombres puedan desvivirse por los demás sin imposiciones ni proposiciones que nada tienen que ver con construir una vida digna.

b) Regalemos siempre perdón. Esto debe ser tu ofrenda y tu pasión: vivir la reconciliación con el hermano. La ofrenda que debes hacer es tu vida entera a tu hermano. Antes él que tú.

c) Construyamos la cultura del encuentro que se inicia desde el mismo momento de la Encarnación. Hemos sido creados para encontrarnos y, por ello, para ocuparnos y preocuparnos por los demás.

d) Necesidad de hacer un trasplante de los ojos, el corazón y el pensamiento: hemos de aprender y pedir como regalo la mirada de Jesucristo que es ternura, compasión, misericordia. Que nunca nos adueñemos de lo que no nos pertenece. Que nunca sean los impulsos instintivos los que muevan nuestra vida, pues destruyen las relaciones. Devolvamos la dignidad de las personas, algo que se consigue cuando amamos sin reservas y no convertimos al otro en un objeto. No nos dejemos contaminar por la mentira, la ambigüedad de las palabras, el doble sentido y la falsedad.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

San Claudio de la Colombière, perseguido y acusado injustamente, murió en el destierro

Este insigne apóstol del Sagrado Corazón de Jesús venció su inicial aversión por la vida religiosa convirtiéndose en jesuita. Fue confesor de santa Margarita María de Alacoque. En Londres convirtió a muchos protestantes y fue desterrado a Francia.

Nació el 2 de febrero de 1641 en Saint-Symphorien-d’Ozon, localidad francesa perteneciente a Lyon. Sus padres eran creyentes. En el ámbito familiar, elogiado por la piedad en la que estaba asentado, recibió una honda formación espiritual. Después, su excelente carácter le ayudaría en la vida religiosa, en la que no hizo más que incrementar las numerosas cualidades innatas que le adornaban. Y la oración haría que tocase el corazón de los demás con sus inteligentes y acertados consejos que dejaban traslucir su sed de unión con Dios, en tal grado que el mundo con todas sus vanidades y fútiles ofertas se desvanecía ante sus pies. Su único referente era Él. Con estos sentimientos que bullían en su espíritu convirtió a muchas personas y las alentó a esforzarse para amar el sendero de la cruz.

Podría pensarse que un alma de estas características por fuerza tenía que llegar a la vida religiosa, pero no fue así. Claudio sintió una inicial «aversión» por ella que logró vencer ingresando en 1658 en la Compañía de Jesús. En 1660 profesó y perdió a su madre, Margarita, quien le había dirigido una sentida petición que resultó ser a la vez profética: «Hijo mío, tú tienes que ser un santo religioso».

Completado su noviciado en Aviñón, y culminados sus estudios de filosofía, se dedicó a la enseñanza en el colegio Clermónt de París, punto neurálgico en esa época de la vida intelectual francesa. Pero las cualidades de Claudio traspasaron las fronteras a través de sus escritos y de sus acciones. Probablemente por ello, teniendo constancia fehaciente de su rigor intelectual, Colbert le confió la educación de sus hijos. Es conocida la inclinación del santo a las bellas artes como también los selectos amigos que admiraban su labor. Al respecto, es significativa la correspondencia que mantuvo con personas destacadas de la talla de Oliverio Patru, miembro de la Academia Francesa, uno de sus incondicionales seguidores.

Sus dotes oratorias se hicieron públicas durante la canonización de san Francisco de Sales, ya que fue designado para realizar su panegírico aunque todavía no era sacerdote. Sus palabras conmovieron a todos. Los sermones que pronunció después ante personas de distintas procedencias, entre las que se contaron algunos miembros relevantes de la realeza y de la cultura, son modélicos en todos los sentidos: fondo y forma; eran fruto de su reflexión a la luz de la oración.

Desde 1670 a 1674 dirigió la Congregación mariana. A finales de ese año fue admitido en profesión solemne. Había escrito: «¡Dios mío!, quiero hacerme santo entre Vos y yo». En el retiro preparatorio se sintió llamado a consagrarse al Sagrado Corazón. Entonces añadió otro voto de absoluta fidelidad a las reglas de la Compañía, voto que había vivido rigurosamente antes de profesar. Su obediencia fue paradigmática. Delicado y exquisito en su quehacer, todo reflejaba su reciedumbre espiritual. Abandonado en brazos de la confianza divina, compuso una hermosísima oración dedicada a ella. Este fragmento de su conocido «Acto de confianza» muestra su ardiente anhelo de permanecer unido a Dios por encima de sí: «Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti y de que no puede faltar cosa alguna a quien de Ti las aguarda todas, que he determinado vivir en adelante sin ningún cuidado, descargándome en Ti de toda mi solicitud. Despójenme los hombres de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerzas y medios de servirte, pierda yo por mi mismo la gracia pecando; que no por eso perderé la esperanza, antes la conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno para arrancármela, porque con vuestros auxilios me levantaré de la culpa…». Los 33 años de su vida le parecían el momento ideal para entregar su alma a Dios, pensando que a esa edad había sido crucificado Jesucristo. «Me parece, Señor, que ya es tiempo de que empiece a vivir en Ti y solo para Ti, pues a mi edad, Tú quisiste morir por mí en particular», anotó en su Diario. Pero no había llegado su hora.

En 1675 fue nombrado superior del colegio de Paray-le-Monial que contaba con escasísimos alumnos. En ese momento conoció a santa Margarita María de Alacoque que sufría la incomprensión de su confesor ante las revelaciones que recibía del Sagrado Corazón de Jesús. Ella, al oírle predicar a la comunidad de la Visitación, sintió que era la persona que Cristo ponía en su camino: «Mientras él nos hablaba –escribió–, oí en mi corazón estas palabras: ‘He aquí al que te he enviado’». Y venciendo su voluntad, que le instaba a no abrirle su corazón, le confió sus pesares. El religioso, conocedor de la violencia que se hizo a sí misma, la comprendió y orientó como solo saber hacer un santo, con toda caridad y delicadeza, siendo dador de paz. La atención dispensada a Margarita atrajo críticas surgidas, como siempre, de insensibilidades diversas. La realidad es que, al igual que ella, otros muchos hallaban en Colombière el sosiego que precisaban.

En 1676 se trasladó a Londres, donde predicó y convirtió a numerosos protestantes. Las controversias de la corona que implicaban a los católicos le salpicaron y sembraron el bulo de que se hallaba mezclado en un complot. Acusado y hecho prisionero, Luis XIV impidió que lo martirizaran y fue desterrado a Francia. Llegó en 1679 muy enfermo ya que en la cárcel se produjeron los primeros vómitos de sangre y no recibió la asistencia precisa. Buscando aires mejores para su salud, le enviaron a Lyon y dos años más tarde a Paray. Margarita, que había seguido con gran preocupación el proceso de su enfermedad, le hizo saber que allí moriría. Entonces Claudio, que pensaba partir a otro lugar más benigno, paralizó los preparativos del viaje. Y el 15 de febrero de 1682, contando con 41 años, entregó su alma a Dios. La santa supo por una revelación que se hallaba en la gloria y que no precisaba oraciones. Fue beatificado por Pío XI el 16 de junio de 1929, y canonizado por Juan Pablo II el 31 de mayo de 1992.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

Llega ‘Omnis Terra’ la revista de cultura y misión de las Obras Misionales Pontificias

Ahora en edición digital on-line. En el 2017 editará tres números en edición multilingue

(ZENIT – Roma).- La revista “Omnis Terra” de cultura, misión y análisis de noticias editada por los Secretariados internacionales de las Obras Misionales Pontificias vuelve a lanzarse en edición digital que puede ser consultada on-line en la web: http://omnisterra.fides.org o desde la pagina principal del sitio web de la Agencia Fides (www.fides.org) que se encarga de la publicación a través de su equipo de redacción.

Lo indicó la agencia de noticias Fides, precisando que “Omnis Terra” nació en 1961 en francés, como boletín interno del Secretariado Internacional de la Pontificia Unión Misional (PUM).

“Eran los años del despertar primaveral de la identidad misionera de toda la Iglesia y en los albores del Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia, los Padres del Concilio, comenzaron a tomar conciencia de que la misión no era solo para unos pocos, es decir, sólo para los misioneros”, dice el padre Fabrizio Meroni, PIME, Secretario General de la PUM y Director de “Omnis Terra”.

Hoy “Omnis Terra” vuelve a proponerse a los lectores en una fase experimental que, durante el 2017, contará con la publicación de tres números. En su versión multilingüe en línea, la revista vuelve con la “intención de dar a conocer las riquezas de la experiencia cristiana y de la reflexión teológica, espiritual, misionera y pastoral de las Iglesias particulares, de sus centros de estudio e investigación, dispersos por el mundo”.

Entre los artículos que pueden consultarse en el primer número están, la apertura dedicada a “Silence, Scorsese y la misión en la Iglesia” que, dentro de la sección “Cultura y arte”, presenta un análisis de la obra maestra del cine “Silence” y del libro en el que se ha inspirado. En la sección “Religión y Sociedad”, se encuentra una contribución del Imam Ataul Wasih Tariq sobre el tema “El Islam, religión de paz” y uno dedicado a la política del gobierno australiano sobre los solicitantes de asilo. La sección “Mundo, Tierra, Pueblos” se centra en África con dos artículos sobre los conflictos en Sudán del Sur y Kivu. La crisis de refugiados en México y la crisis sanitaria en Madagascar integran la sección “Familia y desarrollo”, mientras que la revista se cierra con una sección dedicada a la reflexión teológica y otra a los testimonios.

El primer número de “Omnis Terra”, se ha enriquecido gracias a un servicio fotográfico titulado “Lo sacro, más allá de los confines”, firmado por Monika Bulaj, una foto-reportera polaca que viaja desde hace años “por las sagradas periferias de las gentes del Libro”, explorando “lugares y momentos donde judíos, cristianos y musulmanes revelan su pertenencia común”. Un sugestivo viaje en imágenes a través de “gestos, ropas, luces, recorridos que revelan similitudes entre las religiones monoteístas, y muestran toda la potencia de un sólo Verbo”.

Imagen: La revista Omnis Terra, su primer número digital