Beato Bernardo Francisco Hoyos, joven jesuita español cuya breve existencia se caracterizó por una intensa vida mística

Beato Bernardo Francisco Hoyos
Fue agraciado con numerosos favores sobrenaturales. Es el impulsor del culto al Sagrado Corazón de Jesús que extendió en España y América

Este místico nació el 20 de agosto de 1711 en Torrelobatón, Valladolid. Y en esta región española situada en el corazón de Castilla discurrió su breve existencia. Cuando el jesuita Juan de Loyola publicó su biografía en 1735, emergió con luz propia la intensísima experiencia de amor al Sagrado Corazón de Jesús que había jalonado su vida. No obstante, en esa fecha ya era sobradamente conocido por haber extendido esta devoción en España y en América, secundando en esta acción a la que venían realizando en Francia los santos Margarita María de Alacoque, y su director espiritual, Claudio de la Colombière.

Tuvo la fortuna de contar con unos padres piadosos que le legaron el preciado patrimonio de su fe, le pusieron bajo el amparo de san Francisco Javier y le alentaron en su vocación religiosa. Desde los 9 años y hasta su temprana muerte siempre estuvo con los jesuitas. Con ellos estudió en varias localidades vallisoletanas y se integró en la Compañía a los 14 años, época en la que ya experimentaba favores celestiales. Éste fue uno de los rasgos preponderantes de su existencia, agraciada con una profunda y singular vida interior que recuerda a la de los grandes místicos como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Una de esas personas cuyo acontecer no parece encerrar grandes misterios, sencilla, inocente, devota de la Virgen María, diligente en la obediencia, dócil a las indicaciones recibidas, con los brazos tendidos siempre a Dios en espíritu de ofrenda, guiado por el santo temor que le precavía de cualquier falta que pudiera ofenderle. Un apóstol que se afligía por las almas que vivían alejadas del amor divino y por las que estaba dispuesto a entregarse: «Se me parte el corazón de dolor, cuando considero hay quien ofenda a mi Dios; y diera mil vidas para sacar una alma de pecado».

El maligno intentó por distintas vías socavar su bondad, y al joven no le faltaron sus zarpazos externos e internos. Atentados contra su vida espiritual a mansalva y agresiones físicas. Quería sembrar en su ánimo la duda haciéndole creer en su impiedad: «¿Dónde va el deshonesto, el soberbio, el blasfemo? Apártese, que, si llega, será luego confundido en el profundo del infierno». Confiaba a su director espiritual el inmenso sufrimiento en el que vivía: «Esta carta va regada con lágrimas que brotan de mis ojos; y me parece que soy la criatura más infeliz que de mujeres ha nacido». Pero era un elegido de Dios y, con su gracia, lo superó todo. Tenía muy presente esta máxima de Santa Teresa: «Sólo se puede seguir o que Dios sea alabado o yo despreciado: de todo me consuelo».

En su biografía hallamos claramente expresado el instante concreto que marcó lo que iba a ser su misión en honor del Sagrado Corazón de Jesús. No cabe tomar como coincidencia sino como algo providencial lo que le sucedió a los 21 años mientras cursaba teología en Valladolid. Y así lo reconoció él mismo más tarde. Un amigo sacerdote y profesor, algo mayor que él, le pidió el favor de que tomase de la biblioteca el texto  «De cultu Sacratissimi Cordis Iesu», escrito por el padre José de Gallifet, y copiase algunos fragmentos que precisaba para preparar un sermón que tenía encomendado. La lectura de esta obra dedicada a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y de la que Bernardo no tenía noción alguna, le produjo una conmoción interior inenarrable. En ese mismo momento hizo ofrenda de su vida ante el Sagrario prometiendo que se dedicaría por entero a extender este culto. Al día siguiente a través de una locución divina supo que era elegido para esta misión: «Yo, envuelto en confusión renové la oferta del día antes, aunque quedé algo turbado, viendo la improporción del instrumento y no ver medio para ello». Esa misma jornada durante la oración vivió otro hecho singular. Se le mostró el Sagrado Corazón «todo abrasado en amor, y condolido de lo poco que se le ama. Repitióme la elección que había hecho de este su indigno siervo para adelantar su culto, y sosegó aquel generillo de turbación que dije, dándome a entender que yo dejase obrar a su providencia, que ella me guiaría…». En otra visión el arcángel san Miguel le aseguró su asistencia para llevar a cabo esta misión.

Hacia los 19 años su ascenso espiritual había sido coronado con el «desposorio místico». Los favores sobrenaturales se sucedían unidos a la experiencia de la purificación. En ella se incluía la aludida insidia del maligno, y sus mezquinos intentos de engañarle mediante falsas locuciones y apariciones. Entre tanto, promovía una intensa cruzada a favor del Sagrado Corazón de Jesús en la que implicó a religiosos, comenzando por su propia comunidad. Dirigió cartas a prelados y miembros de la realeza, imprimió estampas, y logró que el pontífice señalara esta fiesta para España. En una de las locuciones Cristo le había asegurado que reinaría en «España, y con más veneración que en otras muchas partes». Hay que decir que el arzobispo de Burgos le apoyó en esta misión desde un primer momento, y ello propició el florecimiento de congregaciones del Corazón de Jesús y la realización de numerosas novenas que acrecentaban la veneración de las gentes.

A través de los jesuitas que se hallaban en América también allí llegaron los ecos de esta cruzada emprendida por Bernardo y de la que únicamente pudo apartarle su muerte. Ésta se produjo en Valladolid el 29 de noviembre de 1735 como consecuencia del tifus. Tenía 24 años y había sido ordenado sacerdote en enero de ese mismo año. Fue beatificado en Valladolid el 18 de abril de 2010.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

 

La fe cristiana no es una filosofía, es el encuentro con Jesús

El Papa Francisco en Santa Marta 28.11.2016 - © Osservatore Romano
En la homilía de este lunes 28 de noviembre, el Santo Padre explica cuál es la gracia que queremos en Adviento

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco ha explicado, en la homilía de este lunes en Santa Marta, que la fe cristiana no es “una teoría o una filosofía”, sino que es “el encuentro con Jesús”. De este modo, ha recordado que para encontrar realmente a Jesús tenemos que ponernos en camino con tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajando en la caridad y exultantes en la alabanza.

Asimismo ha subrayado que “la gracia que queremos en Adviento” es encontrar a Jesús. Por eso ha precisado que en este periodo del año, la Liturgia nos propone numerosos encuentros de Jesús: con su Madre en el vientre, con san Juan Bautista, con los pastores, con los Magos. Todo esto nos dice que el Adviento es “un tiempo para caminar e ir al encuentro del Señor, es decir un tiempo para no estar parado”.

De ahí, la pregunta planteada por el Pontífice en su homilía: ¿cuáles son las actitudes que debo tener para encontrar al Señor? ¿Cómo debo preparar mi corazón para encontrar al Señor?

Así, ha explicado que en la oración al principio de la misa, la Liturgia nos señala tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajando en la caridad y exultantes en la alabanza. Y cuando habla de caridad se refiere a caridad fraterna: “no sólo dar limosna” sino también “tolerar a la gente que me molesta, tolerar en casa a los niños cuando hacen ruido, o al marido o la mujer cuando están en dificultad, o a la suegra…”.

A continuación, también ha recordado que Él es “el Señor de las sorpresas”. Tampoco el Señor “está parado”. Yo –ha explicado Francisco– estoy en camino para encontrarla y Él está en camino para encontrarme, y cuando nos encontramos vemos que la gran sorpresa es que Él me está buscando, antes que yo empiece a buscarlo.

Esta es la sorpresa del encuentro con el Señor: “Él nos ha buscado antes. Él siempre está primero. Él hace su camino para encontrarnos”. Eso es –ha recordado– lo que le sucedió al centurión. “Nosotros damos un paso y Él da diez”. Así, ha asegurado que es “la abundancia de su gracia, de su amor, de su ternura que no se cansa buscarnos”. El Pontífice ha subrayado que el nuestro es el Dios de las sorpresas, el Dios que nos está buscando, no está esperando y “solamente nos pide el pequeño paso de la buena voluntad”. Nosotros “tenemos que tener las ganas de encontrarlo”. Y después “Él nos ayuda”. Al respecto, ha asegurado el Papa que muchas veces Dios “nos verá alejarnos de Él, y Él espera como el Padre del hijo pródigo”.

Por otro lado, el Santo Padre ha asegurado que siempre le ha conmovido lo que Benedicto XVI dijo en un ocasión: que la fe no es una teoría, una filosofía o una idea sino un encuentro con Jesús.

Finalmente, el Pontífice ha señalado que los doctores de la ley “sabían todo de la dogmática del tiempo, todo de la moral de aquel tiempo”. Pero –ha lamentado– no tenían fe porque su corazón se había alejado de Dios.

Beato Luis Campos Gorriz, fusilado en la guerra civil española por profesar su fe católica

Beato Luis Campos Górriz
Laico, integrante de la Asociación Católica de Propagandistas, de la que era una de sus columnas cuando fue fusilado en el fragor de la Guerra Civil española, en 1936, por el hecho de profesar la fe católica, como otros mártires

Muy arraigada tenía Luís su fe, y, por tanto, claridad en lo que ella conlleva, cuando afirmó: «Mi misión es realizar la unidad de los católicos. Antes de sembrar es necesario arar». Ignoraba que sería su sangre la que esparciría esa semilla que nunca muere porque la memoria de su martirio mantendría viva su voz prolongando sus afanes apostólicos. Si a cualquier persona le preguntaran qué haría si le dijeran que iba a morir en plazo fijo, seguramente le vendrían a la mente unas cuantas cosas, entre otras ponerse a bien con quien no lo estuviera, porque la reconciliación es sentimiento que suele acompañar a los postreros instantes. Los genuinos seguidores de Cristo responderían confirmando la bondad de su acontecer que ya discurría guiado por el afán de dar a Dios lo máximo en el día a día. Porque los santos están espiritualmente preparados de antemano, listos para presentarse ante el Padre cuando así lo dispone.

Ante este dramático trance, en 1936 integrantes de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, como tantos otros católicos de pro, compartían en checas de diversas ciudades españolas sus más altos ideales con el espíritu de las primeras comunidades de cristianos, aguardando juntos la palma del martirio. Mientras en el exterior de la prisión se respiraban aires de revancha, ellos apuraban los últimos días orando y compartiendo la fe, aunque fuera en penosas condiciones. Sabían que las súplicas que se elevan a Dios nunca caen en saco roto, y entre sus peticiones incluían la unidad y reconciliación de todos los católicos.

Uno de los insignes Propagandistas que ni siquiera tuvo tiempo de permanecer en una checa fue Luís, un valenciano nacido el 30 de junio de 1905, que había sido alumno de los jesuitas y cursado estudios de filosofía y derecho, materia en la que se había doctorado en la Universidad Central de Madrid. Una persona valiosa, comprometida, cercana al cardenal Ángel Herrera Oria, que tuvo en él un insigne discípulo. Luís le acompañó en muchos de sus viajes y acciones evangelizadoras. Era un apóstol incansable, ciertamente ejemplar en su vida, que había dejado huella entre los estudiantes católicos de Valencia. En esos precisos momentos era el secretario general de la Asociación Católica de Propagandistas y secretario del CEU (Centro de Estudios Universitarios).

Su esposa, Carmen Arteche Echezuría, con la que se había casado en 1933, apenas había podido compartir los sueños que forjarían en común, porque murió antes de estallar la Guerra Civil en 1936 en el transcurso de una enfermedad imprevista y fulminante; Dios le ahorró el sufrimiento de ver asesinado a su esposo. Hasta Torrente –la localidad valenciana en la que residía el padre de Luís, delicado de salud entonces, y junto al que se encontraba– llegaron los funestos aires de guerra. Él ejercía como abogado desde 1930 y en el primer momento pudo continuar su vida sin excesivos sobresaltos, completamente entregado a consolar y procurar aliento a los componentes de la Asociación, con celo y brío ejemplares, lleno de fe, sin ceder un ápice al desaliento. Buscando para su esposa e hija un remanso de paz en medio de tanta tragedia, en 1936 las había conducido a su tierra, y allí quedó la pequeña huérfana de madre, tutelada por su abuelo, sin saber que su querido padre estaba a punto de dejar este mundo tras haber apurado la palma del martirio.

Luís era un hombre lleno de fortaleza que brillaba con singular fulgor en medio de la adversidad. Es memorable la carta que en abril de 1936 dirigió a su hermano relatando la enfermedad y posterior deceso de su esposa; un testimonio emocionante de amor y ternura, que rezuma esperanza y gozo espiritual. En ella se aprecia su urgencia apostólica y su preocupación por asistir a todos, especialmente a los más frágiles en esa situación de gravísima convulsión política que se vivía. Oraba y sufría viendo el despropósito de tanto odio, como siempre estéril y sinsentido, y lo combatió aferrado a la oración. De tantas súplicas a María, horas santas, Ejercicios, velas nocturnas, generosa acogida en su propio hogar de los perseguidos, etc., brotarían frutos abundantes para la mayor gloria de Cristo y de su Iglesia, a los que tanto amó.

Como ha sucedido siempre en estos casos de martirio, la condena se produjo el 28 de noviembre en un seudo-juicio sumarísimo, a cargo de un grupo de milicianos armados. Una vez confirmaron lo que ya sabían de antemano: que Luís era fidelísimo a Cristo y a la Iglesia, y que no había escatimado esfuerzos en hacer todo el bien posible, una de cuyas acciones había sido la organización del Congreso Católico de Madrid, no precisaban saber más. Sin dilación alguna, ese mismo día le condujeron al Picadero de Paterna. Valiente, heroico en su caridad como todos los mártires, dedicó los últimos instantes a uno de los verdugos que, ante el nuevo gesto de violencia que iba a protagonizar, temblaba de tal forma que era incapaz de liar un cigarrillo. Luís, que era un hombre de una vez, repartió entre el grupo de milicianos los que tenía, rogó que le dejaran abrazarles y pidió expresamente que no le dispararan por la espalda. ¡Qué gestos tan elegantes, tan gallardos y conmovedores! Pero no los supieron ver los que se disponían a segar su vida, cercenándola a sus 31 años.

Lo fusilaron mientras mantenía los brazos en cruz y portaba un rosario entre sus manos, perdonando de corazón a los autores de su muerte, como todos los que sucumbieron de este modo por causa de su fe, signo inequívoco de su autenticidad. Juan Pablo II lo beatificó el 11 de marzo de 2001 junto a 233 mártires de la Guerra Civil española. Un enjambre de virtud atravesando España, sembrada en sus cuatro puntos cardinales con la sangre de numerosos seguidores de Cristo: religiosos, sacerdotes, laicos, y componentes de diversas realidades eclesiales.

Francisco en el ángelus: ‘Rezo por Centroamérica azotada por un huracán’

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El Santo Padre explica el evangelio sobre la venida de Jesús ayer, hoy y al final de los tiempos

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El santo padre Francisco rezó el domingo la oración del ángelus desde su estudio que da a la plaza de San Pedro, donde le aguardaban miles de peregrinos.

Explicó el Tiempo de Adviento así como la primera venida de Jesús en Belén, la actual venida en la Iglesia y cuando llegará al final de los tiempos. Señaló que esto nos abre perspectivas superiores incluso en nuestra vida cotidiana, y también una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, de las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas.

Después de rezar el ángelus señaló que reza por las poblaciones de Centroamérica golpeadas por un huracán, en particular por Costa Rica y Nicaragua, esta última que además sufrió un sismo. Saludó a los peregrinos allí presentes y entre ellos a los de la comunidad ecuatoriana en Roma y del movimiento Tra Noi.

Texto completo:
“Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hoy en la Iglesia inicia un nuevo año litúrgico, o sea un nuevo camino de fe del pueblo de Dios. Y como siempre iniciamos con el Adviento.

La página del evangelio (cfr Mt 24,37-44) nos introduce a uno de los temas más sugestivos del tiempo de Adviento: la visita del Señor a la humanidad. La primera visita se realizó con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la segunda es en el presente: el Señor nos visita continuamente cada día, camina a nuestro lado y es una presencia de consolación; y para concluir estará la última visita, que profesamos cada vez que recitamos el Credo: “De nuevo vendrá en la gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. El Señor hoy nos habla de esta última visita suya, la que sucederá al final de los tiempos y nos dice dónde llegará nuestro camino.

La palabra de Dios subraya el contraste entre el desarrollarse normal de las cosas y la rutina cotidiana y la venida repentina del Señor. Dice Jesús: “Como en los días que precedieron el diluvio, comían, bebían, tomaban esposa y tomaban marido, hasta el día en el que Noe entró en el arca, y no se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y embistió a todos”. (vv. 38-39).

Siempre nos impresiona pensar a las horas que preceden a una gran calamidad: todos están tranquilos, hacen las cosas de siempre sin darse cuenta que su vida está por ser alterada.

El evangelio no quiere inculcarnos miedo, sino abrir nuestro horizonte a la dimensión ulterior, más grande, que de una parte relativiza las cosas de cada día y al mismo tiempo las vuelve preciosas, decisivas. La relación con el Dios que viene a visitarnos da a cada gesto, a cada cosa una luz diversa, un espesor, un valor simbólico.

De esta perspectiva viene también una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, de las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas.

Si por el contrario nos dejamos condicionar y dominar por ellas, no podemos percibir que hay algo mucho más importante: nuestro encuentro final con el Señor que viene por nosotros. En aquel momento, como dice el Evangelio, “dos hombres estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado” (v. 40). Es una invitación a la vigilancia, porque no sabiendo cuando Él vendrá, es necesario estar siempre listos para partir.

En este tiempo de Adviento estamos llamados a ensanchar los horizontes de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades. Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas consolidados, porque el Señor viene en la hora en la que no nos imaginamos. Viene para introducirnos en una dimensión más hermosa y más grande.

Nuestra Señora, Virgen del Adviento, nos ayude a no considerarnos propietarios de nuestra vida, a no hacer resistencia cuando el Señor viene para cambiarla, pero a estar listos para dejarnos visitar por Él, huésped esperado y grato, aunque desarticule nuestros planes”.

El Papa reza el ángelus y después dice:

“Queridos hermanos y hermanas,

quiero asegurar que rezo por las poblaciones de Centroamérica, especialmente las de Costa Rica y Nicaragua, golpeadas por un huracán y este último país también por un fuerte sismo. Y rezo también por las del norte de Italia, que están sufriendo debido a los aluviones.

Saludo a los peregrinos aquí presentes, que han venido de Italia y de diversos países: a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones. En particular saludo a los fieles que vienen de Egipto, Eslovaquia y al coro de Limburg (Alemania).

Saludo con afecto a la comunidad ecuatoriana de Roma, a las familias del Movimiento “Tra Noi”; a los grupos de Altamura, Rieti, San Casciano en Val di Pesa; a la UNITALSI de Capaccio y a los alumnos de Bagheria.

A todos les deseo un buen domingo y un buen camino de Adviento. ¡Que sea tiempo de esperanza! La esperanza verdadera fundada sobre la fidelidad de Dios y sobre nuestra responsabilidad. Y por favor no se olviden de rezar por mi. ¡Buon pranzo e arrivederci!

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa

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Esta devoción surgida tras las apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré no ha cesado de otorgar bendiciones, tal como Ella aseveró que sucedería a todo el que llevara pendida al cuello la medalla y lo hiciera con confianza

Como es bien conocido, la Medalla Milagrosa,tiene su origen en las sucesivas apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré, y en las indicaciones que Ella le dio. El bien que viene reportando desde que comenzó a difundirse es inconmensurable. Ha dado lugar a numerosas conversiones.

Los hechos extraordinarios se produjeron en la capilla de la casa madre que poseen en París las Hijas de la Caridad –comunidad a la que pertenecía Catalina–, sita en la rue du Bac, número 140, y en la que había ingresado el 21 de abril de 1830. De modo que cuando ese mismo año comenzó a recibir las gracias de María, era una feliz novicia que había tenido la fortuna de asistir a la solemne traslación de las reliquias de su fundador, san Vicente de Paúl; éstas se encontraban en Nôtre-Dame y eran acogidas por los padres lazaristas en su capilla de la calle Sèvres. Él había sido quien en un sueño, aunque ella no había visto antes su efigie, le ayudó a dilucidar su vocación en un momento en el que dudaba acerca de la Orden en la que debía ingresar.

Ya en los primeros meses de noviciado sus superiores apreciaron su piedad que sobresalía en medio de una inteligencia no especialmente brillante haciéndole pasar desapercibida. Su prudencia, la discreción que acompañaba a tantos rasgos de virtud, fueron también sus aliados para cumplir escrupulosamente la voluntad de la Virgen que no quiso que la noticia de sus apariciones vieran la luz en esos momentos. Catalina las confió únicamente a su confesor, el padre Aladel. La primera se produjo el 18 de julio de 1830 y lo que aconteció ese día, mientras la comunidad oraba, fue narrado por la religiosa al morir el sacerdote muchos años más tarde. Ella tan solo le sobrevivió unos meses.

Esta inicial visión de la santa y las sucesivas son bien conocidas por la profusa difusión que se les ha dado desde el primer momento. Antes de que se produjeran, Catalina había sido favorecida con distintas apariciones en las que, además de ver a su fundador, vio a Cristo presente en el Santísimo Sacramento y como «Rey crucificado». Pero ella deseaba vivir la gracia de la aparición de María que había solicitado por mediación de su fundador. Así que ese día de 1830, camino de la medianoche, mientras se hallaba en su lecho escuchó que alguien pronunciaba su nombre. Era un niño vestido de blanco, de cuatro o cinco años, quien le avisó de que la Virgen la estaba esperando. En pos del pequeño, que desprendía «destellos», caminó hacia la capilla y percibió el crujir de una delicada prenda. El misterioso niño hizo la presentación: «He aquí la Santísima Virgen», que ella acogió turbada, de modo que aquél tuvo que repetir estas palabras.

Sin salir de su asombro, la joven corrió a postrarse de rodillas ante la Virgen que la aguardaba sentada en un sillón junto al altar. Tuvo la inmensa gracia de poder apoyar sus manos sobre el halda de la Madre del cielo y de pasar junto a Ella lo que denominó el momento más feliz de su vida: «Sería imposible decir lo que experimenté. La Virgen me dijo cómo debía portarme con mi confesor y varias otras cosas». María le advirtió que Dios iba a confiarle una misión que le acarrearía tribulaciones, aunque las superaría buscando la gloria del Altísimo. En esa primera aparición ya le encomendó fundar la cofradía de las Hijas de María, indicación que fue materializada por el padre Aladel en 1840.

El 27 de noviembre de ese mismo año 1830, a las 17:30 h., hallándose en oración en la capilla, nuevamente vio a la Virgen vestida de blanco en dos escenas encadenadas. En una de ellas la contempló sobre un globo dorado rematado con una cruz; bajo sus pies oprimía a una serpiente. Le dijo: «Esta bola representa al mundo entero, a Francia y a cada persona en particular». En la segunda Catalina observó que de sus manos abiertas, cuyos dedos estaban enjoyados con bellísimos anillos de piedras preciosas, brotaban unos rayos de fulgurante intensidad que se extendían por doquier. La Virgen explicó: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que María consigue para los hombres». A continuación, apresada esta milagrosa aparición en un semicírculo, Catalina vio emerger la siguiente inscripción en letras de oro: «¡Oh María sin pecado concebida!, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Una voz le instó: «Haz, haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias».

El prodigio culminó al contemplar el reverso de la medalla conformada por la Virgen; apreció que estaba compuesta por una cruz sobre la letra «M», inicial de María. Abajo estaba clausurada por dos corazones, uno de ellos coronado de espinas y otro atravesado por una espada, símbolo de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En diciembre de ese mismo año mientras oraba de nuevo, pero en este caso detrás del altar, vio el cuadro de la medalla. Era la última ocasión en la que se produjo esta aparición: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Virgen Santísima consigue para las personas que le piden… Ya no me verás más».

Tal como vaticinó María, las pruebas llegaron enseguida. Su confesor, padre Aladel, fue el primero que no la creyó aconsejándole que se olvidara de ello. Pero, pasó el tiempo y el clamor interno para se cumpliera la petición de la Virgen persistía. El arzobispo de París, monseñor Quélen, tomó cartas en el asunto y concluyó reconociendo la autenticidad de los hechos. El padre Aladel acuñó la medalla, aunque faltaban algunos detalles. En la epidemia de cólera de 1832 la profusión que se hizo de la misma obró muchos milagros y conversiones. En 1846 el papa Gregorio XVI confirmó la veracidad de las apariciones. Catalina murió el 31 de diciembre de 1876.

Isabel Orellana Vilches
Foto:Medalla Milagrosa
(Rodripf – Wikimedia.org)

Homilía del arzobispo de Madrid en la Misa de acción de gracias por su creación como cardenal

Misa de acción de gracias por el cardenalicio 2

En el Consistorio celebrado en Roma en vísperas de la clausura del Año de la Misericordia, el Papa Francisco impuso la birreta cardenalicia al arzobispo de Madrid. La catedral de Santa María la Real de la Almudena acogió el sábado, 26 de noviembre, una solemne Eucaristía de acción de gracias a la que asistieron fieles de la diócesis, quienes felicitaron al cardenal Osoro en persona. Presidida por el propio purpurado, la Misa dio comienzo a las 19:00 horas. Entre otros, concelebró el arzobispo de Mérida (Venezuela), cardenal Baltazar Enrique Porras, creado cardenal en el mismo Consistorio.

Esta es la homilía pronunciada p.or el cardenal Osoro

Misa de acción de gracias por el cardenalicio 1

Hermanos y hermanas:

Comenzamos el Año Litúrgico y damos gracias a Dios por este nuevo tiempo que nos regala para acercarnos más Él y buscar el ser más fieles testigos de la alegría del Evangelio. Un tiempo de esperanza se abre en nuestras vidas y un tiempo de gracia para realizar esa conversión que siempre, cuando ponemos nuestras vidas delante del Señor, anhelamos y queremos. Os gradezco vuestra presencia hoy aquí para dar gracias conmigo también al Señor porque el día 19 de este mes de noviembre el Papa Francisco creó cardenales para ayudarle en su ministerio como Sucesor de Pedro y entre ellos me eligió a mí. Doy gracias a Dios por esta elección. Bien sabéis vosotros que el cardenalato no significa una promoción o un honor, ni siquiera una consideración, es sencillamente un servicio que exige ampliar la mirada y ensanchar el corazón. Ayudar al Sucesor de Pedro, al Papa Francisco, mirando como el Señor las necesidades de todos los hombres que habitamos esta casa común que es toda la tierra y ensanchando el corazón para que puedan recibir la buena nueva sin retirar a nadie, teniendo el corazón de Cristo, que mandó a los discípulos entre los que se encontraba Pedro: «Id por el mundo y anunciad a todos los hombres el Evangelio». Este es el honor y la ayuda que el Papa Francisco me pide en estos momentos, que como comprenderéis y como en otras ocasiones os dije de otra manera supone trasplante de ojos y trasplante de corazón. Ayudar a Pedro que es el Papa Francisco a ver con la mirada y con el corazón de Jesús a todos los hombres y ayudarle a vivir su ministerio hasta dar la vida por el Jesucristo.

Hoy a todos quiero deciros:

1. Gracias por compartir conmigo esta alegría y esta misión. Como nos decía el Papa Francisco en una carta que nos escribía a los cardenales recién creados, «que el Señor te acompañe y te sostenga en esta misión que hoy la Iglesia te encomienda […] Muchos fieles se acercarán para felicitarte y demostrar su alegría por esta designación […] acepta este gesto de tus fieles y de tus amigos […] Procura que este gesto luminoso de ternura no quede ensombrecido por ningún atisbo de mundanidad, de alegría mundana […] la mundanidad es engañosa y apolilla el corazón, privándolo de la solidez y la ternura que debe tener un pastor […] Deseo que tu servicio a la Iglesia sea luminoso, humilde, servicial y, sobre todo, un testimonio para el bien del pueblo fiel de Dios». Gracias por ayudarme a vivir todo esto.

2. Perdón por las veces que, junto a vosotros, no he sabido decir y vivir lo que el Papa Francisco tan bellamente nos dijo a los cardenales recién creados en su homilía con cuatro palabras: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen y rueguen por los que los difaman (Lc 6, 27-36). ¡Qué tarea más bella! Exigidme el cumplirla, rezad para que lo haga. Como el Papa Francisco nos decía, nuestra época se caracteriza por fuertes cuestionamientos e interrogantes a escala mundial, surgen la exclusión y la polarización como únicas formas posibles de resolver los conflictos. El desconocido, refugiado o emigrante o se convierte en amenaza o le damos el título de desconocido. La fuerza y el secreto de Jesús se esconde en que nos dice siempre que en el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos y nosotros si acogemos a Dios tenemos hermanos. ¡Qué bien nos viene recordar a nuestra madre Santa María en esta advocación entrañable de la Almudena, pues nos ratifica que lo nuestro es «haced lo que Él os diga», es decir, quitar muros, romper distancias y barreras. Dios nos ama aun cuando seamos enemigos suyos. Pedid por mí, para que nunca se cuele en mi vida el virus de la polarización y enemistad en las formas de pensar, sentir, y actuar.

3. Iniciemos el camino de la Esperanza y Conversión, que se convierte en compromiso. El tiempo de Adviento que hoy comenzamos así nos lo recuerda. Iniciamos un nuevo año litúrgico que nos dice que lo hagamos viviendo tres etapas: a) Caminando; b) Conversando y meditando y c) Con coraje de existir, es decir con esperanza. Las tres etapas hay que hacerlas al tiempo para poder vivir en esperanza y conversión permanente.

A. Caminando: No tengamos miedo, escuchemos al Señor que nos ha dicho «venid», «subid», convencidos de que Él nos instruirá en nuestros caminos, en lo que hagamos. Él tiene respuestas y salidas para todo y para todos. Pero no vayamos por cualquier senda, hemos de marchar por sus sendas. En este camino, todo lo cambia; de espadas hace arados para remover la tierra y que produzca más y puedan comer todos los hombres, de las armas para defendernos de los demás, de las lanzas, hace podaderas, es decir, va fraguando de tal manera nuestra vida que quita de ella todo lo que estorba al crecimiento humano que en definitiva es verdadero cuando nos hace ser más imágenes reales de Dios y con más capacidad para servir, para entregarnos, para vivir siempre mirando a los otros con la mirada de Jesús y con el corazón de Jesús. (cfr. Is 2, 1-5).

B. Conversando y meditando: Dándonos cuenta del momento que vivimos, de las necesidades y urgencias que tienen todos los hombres, de la necesidad de construir un mundo de hermanos, donde los más necesitados estén en primer lugar, donde Dios esté presente, ya que es el único que nos pregunta siempre: «¿Dónde está tu hermano?». Despertemos del sueño y veamos que la salvación se acerca, está a nuestro lado, cada día más cerca. La salvación es Jesucristo, que vino y se hizo hombre, ha resucitado, pero volverá. De Él es el día, no la noche ni las tinieblas. Por eso, conversemos con Él, escuchemos su Palabra. Dejemos que su Palabra, su presencia, su perdón inunde nuestra vida y nos haga ver que «el día se echa encima», que hay que «dejar las actividades de las tinieblas» que son las que implantan el egoísmo, el desentendernos de los demás, el no dejar sitio para los otros sea quien sea, el no descubrir que esta tierra es de todos y para todos. ¡Qué ánimo nos da el Señor! Al iniciar el Adviento, nos dice: «Pertrechémonos con las armas de la Luz», es decir, el mismo Jesucristo, ya que solamente Él es el Camino, la Verdad y la Vida. La invitación de san Pablo es clara, pues nos invita a «vestirnos del Señor Jesucristo».

C. Con coraje de existir, es decir, vivir con esperanza fundada en Jesucristo: Recordemos la profunda crisis económica y de paz, que lo es de valores, que estamos viviendo. Seguimos viviendo frívolamente en la manera de enfrentarnos con la vida. Dejemos que nos siga haciendo la pregunta Jesucristo, ¿vivimos despiertos o amodorrados en la rutina de cada día? El Señor nos invita a no vivir distraídos. No es que nos acuse, pero nos advierte: «Comprended que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela». A veces estamos distraídos de lo que es esencial. Y Jesús quiere que no nos distraigamos que «Él puede venir en cualquier momento o en cualquier situación». El Señor nos invita a vivir con coraje, a tener esperanza, la que Él nos da. Y nos pone dos ejemplos para que lo entendamos: el descuido de los contemporáneos de Noé y el descuido del amo de la casa, es decir, la llegada imprevista del diluvio y la del ladrón. Estas llegadas provocan ruina y destrucción. El Señor nos invita a vivir y a descubrir en este tiempo de Adviento conscientes del anhelo de paz, de justicia, de solidaridad, de la Vida que Dios ofrece en cada instante; nos invita a eliminar la cultura de la superficialidad. Nos invita a reaccionar con coraje y viviendo de una manera lúcida, abiertos a todos. Sí, «es hora de despertar del sueño», atrevámonos a vivir, a ser diferentes, a tener coraje de existir, con la existencia de Cristo. El Evangelio es una llamada a la esperanza en el Hijo del Hombre que viene. Se nos invita a renovar nuestra esperanza. En el mundo hay un oscurecimiento de la esperanza, hay mucho desorientado e inseguro, marcados por la nada, el sinsentido o la cultura del vacío que se manifiesta en el individualismo, en la vida intrascendente, la apatía, la frivolidad, la falta de utopías. El Papa Francisco nos decía que «la crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo».

Que este tiempo de Adviento nos abra a la Luz que es Cristo, que cuando entra en nuestra vida la renueva. Digámosle con todas nuestras fuerzas: ¡Ven, Señor Jesús! Necesitamos que llenes nuestro corazón de esperanza y fortaleza, de tu Amor y de tu Alegría. Amén

Beato Santiago Alberione, fundador de la Familia Paulina

Giacomo Alberione (Wikipedia
Un religioso visionario, un profeta que apreció la riqueza de los mass media para difundir el Evangelio; fueron un instrumento de gran fecundidad apostólica en manos de este genial beato

Este clarividente apóstol, que vio la riqueza de los medios de comunicación social para difundir el mensaje de Cristo, nació en la localidad italiana de San Lorenzo di Fossano el 4 de abril de 1884. Viendo retrospectivamente su vida se constata que quien tiene madera de apóstol, como él, escruta lo que le rodea con una mirada penetrante, siempre atenta a los signos que Dios extiende ante sí, los lleva a la oración y procede a actuar sin dilación alguna. Era el cuarto de los seis hijos de Michele y Teresa, un matrimonio de cristianos campesinos. Sus sueños infantiles apuntaban al sacerdocio. Y a esa edad en que los niños sueñan con alcanzar grandes gestas, y a veces señalan su futuro con las más sorprendentes profesiones, Santiago ya había elegido. Cuando su maestra Rosina Cardona le formuló en la escuela la conocida pregunta: «¿qué quieres ser de mayor?», sin vacilar respondió: ¡sacerdote! Un buen párroco, el padre Montersino, que regía la parroquia de Cherasco donde el beato se trasladó con su familia, le ayudó en su empeño.

En 1896 inició estudios en el seminario de Bra, y en 1900, año que marcó su acontecer, prosiguió la formación en el seminario de Alba; se desconoce por qué dejó Bra. Pero justamente cuando el reloj marcaba las primeras horas del año 1901 vivió una experiencia que le marcó para siempre. ¿Dónde encuentran los santos las respuestas que precisan? En la oración, naturalmente. Y esa madrugada mientras en tantos lugares del mundo se celebraba con grandes fastos la entrada del Año Nuevo, el joven seminarista se hallaba orando en la catedral, postrado ante el Santísimo. En su mente rebullían las inquietudes de quien busca la gloria de Dios. En concreto tenía presente la encíclica de León XIII Tametsi Futura Prospicientibus y, en un momento dado, el fulgor que emanaba la Sagrada Forma le instó a actuar. Debía formarse con toda urgencia para servir a la Iglesia y a la humanidad en una vía, aún desconocida para él, pero que iba a tener una extraordinaria repercusión a lo largo del siglo que acababa de nacer: los mass media, que serían en sus manos un instrumento de innegable fecundidad apostólica. En un primer peldaño para la gran misión que iba a desempeñar, la Providencia había puesto en su camino al canónigo padre Francisco Chiesa, una persona que influyó enormemente en su vida durante cerca de medio siglo, que le guió y acompañó.

En 1907 fue ordenado y comenzó su ministerio pastoral en Narzole (Cúneo), si bien ejerció también su labor en otras parroquias del entorno. Predicaba, impartía conferencias y catequesis, entre otras acciones. Como la fruta madura cae del árbol, a Santiago ya le llegaba la hora de poner en marcha la misión que Dios había determinado para él. Por esta época conoció a uno de sus estrechos colaboradores, José T. Giaccardo; se percató del importante papel que la mujer tiene en la evangelización, y no tuvo duda de que la vía que debía seguir para ejercer la labor apostólica se hallaba en los recursos que proporciona la comunicación.

Ejerció la docencia en el seminario de Alba; dirigió espiritualmente a sacerdotes y a jóvenes. Y en 1913 se le encomendó la dirección del semanario Gazzetta d’Alba. Entre tanto vio que la ingente labor apostólica que tenía en ciernes sería más efectiva en manos de personas consagradas. En 1914 fundó la Sociedad de San Pablo de la que fue superior general hasta 1969. En 1915, junto a Teresa Merlo, creó la Congregación de las Hijas de San Pablo. Y en 1921 al erigir la Pía Sociedad de San Pablo, comenzaron a emitir votos privados algunos de sus componentes. Ese mismo año cursó la solicitud para su aprobación como congregación diocesana. En 1923 enfermó gravemente y los médicos no aventuraron nada bueno. Pero se equivocaron, ya que se curó; él atribuyó a san Pablo su sorprendente recuperación.

La obra que puso en marcha, nutrida con trece revistas, a través de las cuales difundía el evangelio a todas las gentes, se extendía por distintos lugares. Aquello era ya imparable. De la fecundidad de este beato dan prueba las instituciones que componen la «Familia Paulina», un emporio apostólico creado entre 1914 y 1960. Santiago era un hombre de oración, con carisma entre los jóvenes, de una fe arrolladora. Ayunaba frecuentemente y durante varios días sin que hiciese mella en él este esfuerzo. Decía que había que «trabajar con las rodillas». Su mente abierta al infinito se resumía en el «pensar en grande» que aconsejaba a los suyos. De modo clarividente, decía: «Pensar y hacer; no solo soñar». En 1960 manifestó: «Debe ser uno el espíritu, aquel contenido en el corazón de San Pablo, ‘Cor Pauli, cor Christi’; tienen las mismas devociones; y los varios objetivos convergen en un fin común y general: dar a Jesucristo al mundo en modo completo, como Él se ha definido: ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’».

Se ha glosado su proverbial fidelidad al papa. Así lo atestiguó hasta el fin, dejando en su testamento este elocuente sentimiento: «Siento, ante Dios y ante los hombres, la gravedad de la misión que el Señor me ha encomendado… Estamos fundados sobre la Iglesia y el Vicario de Jesucristo, y esta convicción inspira confianza, alegría, coraje». Junto a las preocupaciones propias de su misión fundadora, vivió con dolor la separación de algunos de sus colaboradores, que le precedieron en la muerte. Padecía una escoliosis que le ocasionó muchos sufrimientos y fue debilitándole hasta que falleció el 26 de noviembre de 1971 a los 87 años. Antes le había visitado Pablo VI que en 1969 había ensalzado sus virtudes y su magna obra, destacando la humildad, el silencio y laboriosidad de Santiago, su espíritu orante y capacidad para «escudriñar… las formas más geniales de llegar a las almas». Juan Pablo II lo beatificó el 27 de abril de 2003.

Isabel Orellana Vilches (Zenit-Madrid)

Primer domingo de Adviento. ¡Velen y estén preparados!

La via láctea Pixabay CC0

I DOMINGO DE ADVIENTO

Isaías 2, 1-5: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas”
Salmo 121: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”
Romanos 13, 11-14: “Ya está cerca nuestra salvación”
San Mateo 24, 37-44: “Velen y estén preparados”

Postrada en la cama de un hospital durante muchos días, se debate entre la vida y la muerte. Son de esos accidentes estúpidos que con un mínimo de atención se pueden evitar. Pero nos absorbe la somnolencia y la apatía; nos decimos internamente: “a mí no me va a pasar”, “sólo es un momento y no me distraigo”… pero ¡nos pasa! Sus ojos fijos en la pantalla del teléfono, sus oídos sumergidos en la conversación, su mente volando a miles de kilómetros queriendo encontrarse con el amigo virtual, y sus pies acelerados por la prisa para llegar a tiempo a su trabajo, todo se juntó para que sucediera lo más terrible. Cuando la joven se dio cuenta ya tenía encima el tráiler embistiéndola y haciéndola trizas. Ni una oportunidad para escaparse. Ella juraría que su distracción fue sólo un segundo, pero un segundo ahora se convierte en eternidad de angustia y de zozobra. Los sentidos embotados no nos permiten estar alerta.

Todo nos invita a estar alerta, con los sentidos despiertos y el corazón anhelante. “¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor”, grita esperanzado el profeta Isaías en la primera lectura de este domingo. “Despierten del sueño”, exige San Pablo en su carta a los Romanos. “Velen y estén preparados”, es la amonestación de Jesús a sus discípulos en el Evangelio. “Vayamos con alegría a la casa del Señor”, repetimos en el salmo. Todo es urgencia para ponerse en movimiento, todo es esperanza e ilusión que contagian. Eso es el adviento. ¡Para que luego vengan a decirnos que el cristianismo es tener aplacadas las conciencias! El tiempo de adviento, que señala el principio del año litúrgico, se abre con la exigencia fuerte de despertar y con una orden de partida que no admite excusas.

No nos engañemos: no estamos esperando esa navidad que se reduce a lucecitas y músicas celestiales; ni estamos esperando a que “el último día”, cual ladrón, nos caiga encima, agarrándonos desprevenidos y entre más tarde mejor. No, eso no es el adviento. Ciertamente es tiempo de “espera”, pero esperar no significa sentarse a que venga fatalmente nuestro destino; sino un activo “tender hacia”, moverse, procurar, hacer que llegue. Lo que implica la capacidad y el deseo de despertarse y la decisión de ponerse en camino.

Hay quienes juran que no están dormidos solamente porque tienen una actividad febril y andan de un lado para otro. Pero caminan con los ojos vendados y en somnolencia. El ejemplo que pone Jesús es de lo más claro: comían y bebían, se casaban… pero no estaban despiertos ni atentos a la Venida del Señor. Hoy también la Navidad puede ser un tiempo de inconsciencia y adormilamiento, por más que andemos de pachanga en pachanga y de fiesta en fiesta. Se convierte así en un activismo que nos lleva a enajenarnos y no nos permite pensar. Jesús nos invita a ser reflexivos, a examinar concienzudamente la situación actual y a mirar si nuestra vida está preparando la venida del Señor.

Terrible se nos presenta la situación actual, y quizás tendremos la tentación del desaliento frente a los graves problemas que nos urge afrontar. Iluminador aparece el profeta Isaías proponiendo que de espadas forjemos arados, y de las lanzas podaderas. Muy sabio su consejo y muy práctico a la hora de enfrentarnos a la vida. Hay quien de una dificultad sabe sacar un beneficio, de un accidente una enseñanza y de una deficiencia una ventaja. Hay quien reniega de todo: del frío, del calor, de la lluvia o de la sequía, sin darse cuenta que cada estación, cada lugar y cada circunstancia encierra un cúmulo de posibilidades. Hay quien reniega de su carácter sin darse cuenta que tiene un tesoro, que su energía puede impulsarlo a construir y no a destruir. Las dificultades y los problemas son ocasión de crecer, madurar y sacar nuevas soluciones. Los más grandes inventos han nacido de grandes carencias, y muchos de los más grandes hombres y mujeres se han forjado gracias a las dificultades que encontraron en el camino.

Isaías nos da el tono fundamental del Adviento con un lenguaje lleno de símbolos. El futuro, lugar de lo incierto, desconocido y que nos produce temor, es presentado como una visión gloriosa de la ciudad sobre el monte donde reina Dios, y a donde acuden todos los pueblos gozando de una paz idílica. El futuro pierde su angustia y, desde Dios, se convierte en esperanza. Esta es la llamada fundamental del Adviento: llega Dios y el hombre liberado del miedo, tiene derecho a esperar.

Hoy Cristo nos urge a tomar el momento presente como un tiempo de gracia. No dejarlo pasar, sin prestarle toda la atención. Adviento es este tiempo de gracia donde podemos “soñar” con un mundo diferente, porque cuando Dios se acerca al hombre (o quizás deberíamos decir cuando el hombre deja que Dios se le acerque) todos los sueños son posibles. Quizás nos parezcan duras y amenazantes las palabras de Jesús, pero no se pueden leer fuera de todo el contexto de salvación y liberación que Él nos viene a traer. Dios respeta nuestra libertad y puede entregarnos su Reino solamente si nosotros lo acogemos abriéndole libremente la vida. Junto al respeto a nuestra libertad aparece un amor preocupado, un amor que vela cuando nosotros tendemos a descuidarnos: el aviso apremiante y la apariencia de amenaza son reclamos de amor. Son la metáfora del terrible daño que podemos ocasionarnos si, en el descuido, la inconsciencia o la maldad, cerramos la puerta al Dios que viene a salvarnos. Lo heriríamos a Él, precisamente porque nos heriríamos a nosotros, porque nos perderíamos nosotros y perderíamos la fraternidad.

Estar preparados, abrir los ojos, aguzar el oído, disponer el corazón para caminar hacia la luz del Señor. En este inicio del Adviento las exhortaciones de San Pablo se convierten en preguntas acuciantes que exigen nuestra respuesta: ¿Qué o quiénes hacen que estemos dormidos? ¿Qué obras de tinieblas nos impiden ver la luz? ¿Cómo debe ser el comportamiento de quien camina hacia la luz?

Señor Jesús, hoy que escuchamos tu llamado amoroso a despertar, concédenos que con tu Venida resplandezca la luz de tu Reino, en medio de nuestra oscuridad de injusticias y maldades. Amén.

Enrique Díaz Díaz
Foto: La Vía Láctea
(Pixabay CC0)

Jornada de la Sagrada Familia 2016 en España: “Vivir la alegría del amor en familia”

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La Iglesia presenta un subsidio para la festividad de la Sangrada Familia

La Jornada de la Sagrada Familia que la Iglesia española celebrará el próximo 30 de diciembre de 2016 lleva este año por lema “Vivir la alegría del amor en la familia”. Se realizará en todo el país y será una ocasión oportuna para rezar por todas las familias, principalmente las que se encuentran en dificultad.

Para la ocasión los siete obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia, presidida por Mons. Mario Iceta Gavivagogeascoa, obispo de Bilbao, han escrito una nota recordando que “este año el papa Francisco ha regalado a su Iglesia la exhortación apostólica Amoris laetitia, fruto de los dos sínodos, donde nos invita a todos los cristianos a cuidar el matrimonio y la familia”.

“En ella –prosiguen los obispos– el Papa nos impulsa a proponer de un modo renovado e ilusionante la vocación al matrimonio y a mostrar la belleza, verdad y bien de la realidad matrimonial y familiar como un don de Dios, como una respuesta a una vocación excelente”.

Señalan en riesgo de creer que “el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquearla rápidamente”, además de las dificultades sociales, “como puede ser la falta de una vivienda digna o adecuada; por la falta de derechos de los niños; por la necesidad de mejorar la conciliación laboral y familiar” etc.

Señalan que estos desafíos, lejos de constituir obstáculos insalvables, se convierten para la familia cristiana y para la Iglesia en una oportunidad nueva, de tal forma que la propia familia encuentra en ellos un estímulo para fortalecerse y crecer como comunidad de vida y amor que engendra vida y esperanza en la sociedad. Lo que habla de la necesidad de una adecuada formación y preparación de aquellos que están llamados a cuidarla, tanto de los seminaristas y sacerdotes, como de los agentes de pastoral familiar.

Recuerdan además que los novios, que deben ser acompañados durante el noviazgo, y los esposos particularmente en los primeros años del matrimonio.

Los obispos subrayan que “el camino de la familia necesita una morada, un ambiente apropiado, un tejido de relaciones donde pueda crecer y germinar el deseo humano”.

Por este motivo, concluye el documento “el desafío y la misión de la Iglesia hoy es ser arca de Noé, sacramento de salvación, hospital de campaña, en palabras del papa Francisco, generando espacios y tiempos nuevos, un ambiente y una cultura favorables en los que la familia pueda crecer y vivir en plenitud su vocación al amor”.

El Papa conversa con los jesuitas y advierte sobre clericalismo y pobreza

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La conversación fue publicada íntegramente por la revista Civita’ Cattolica

(ZENIT – Roma).- En la visita que el papa Francisco ha realizado el 24 de octubre a los Jesuitas reunidos en su 36° congregación general, poco después de la elección del nuevo superior, el padre Arturo Sosa, conversó con ellos.

Entre las diversas preguntas de este diálogo un tanto informal, una fue sobre la pobreza en la Compañía de Jesús, que el Papa extendió al clero, así como al riesgo del clericalismo, del cual las devociones populares se han salvado. La revista Civilta’ Cattolica ha publicado la conversación integra, de la cual presentamos un par de respuestas.

La pobreza
“Creo que en este punto de la pobreza San Ignacio nos ha superado en grande. Cuando uno lee cómo concebía la pobreza, ese voto que hace hacer de no cambiar la pobreza a no ser para estrecharla más…, tenemos que reflexionar. Lo de San Ignacio no es solamente una actitud ascética, como sería la de pellizcarme para que me duela más, sino que es un amor a la pobreza como estilo de vida, como camino de salvación, camino eclesial. Porque para él, y estas son dos palabras claves que usa, la pobreza es madre y muro.

La pobreza engendra, es madre, engendra vida espiritual, vida de santidad, vida apostólica. Y es muro, defiende. Cuántos desastres eclesiales empezaron por falta de pobreza, incluso fuera de la Compañía, me refiero a toda la Iglesia en general. Cuántos escándalos de los que lamentablemente me tengo que enterar, por el lugar en que me encuentro, nacen del dinero. Creo que San Ignacio tuvo una intuición muy grande. En la visión ignaciana de la pobreza tenemos una fuente de inspiración para ayudarnos”.

El clericalismo
El clericalismo, que es uno de los males más serios que tiene la Iglesia, se aparta de la pobreza. El clericalismo es rico. Y si no es rico en dinero, es rico en soberbia. Pero es rico: hay en él un apego a la posesión. No se deja engendrar por la madre pobreza, no se deja custodiar por el muro pobreza.

El clericalismo es una de las formas de riqueza más graves que se sufre hoy día en la Iglesia. Al menos en algunos lugares de la Iglesia. Hasta en las experiencias más cotidianas. Una Iglesia pobre para los pobres es la del Evangelio, la del sermón de la montaña del Evangelio de Mateo y la del sermón de la llanura del Evangelio de Lucas, como también del «protocolo» según el cual seremos juzgados: Mateo 25. Creo que sobre esto el Evangelio es muy claro y es necesario caminar en esta dirección. Pero yo insistiría también sobre el hecho de que sería lindo que la Compañía pudiera ayudar a profundizar la visión de Ignacio sobre la pobreza, porque yo creo que es una visión para toda la Iglesia. Algo que nos puede ayudar a todos”.

Las vocaciones y el clericalismo
A mí me ha pasado en Buenos Aires, como Obispo, que curas muy buenos, más de una vez, charlando decían: «En la parroquia tengo un laico que ‘vale oro’. Y me lo pintaban como un laico de primera. Y luego me decían: «Qué le parece si lo hacemos diácono»? Este es el problema: al laico que vale, lo hacemos diácono.Lo clericalizamos.

La piedad popular se salvó del clericalismo
 En una carta que recientemente envié al cardenal Ouellet, escribía que en América Latina, la única cosa que más o menos se salvó del clericalismo es la piedad popular.

Porque, como la piedad popular es una de esas cosas «de la gente» en la que los curas no creían, los laicos fueron creativos. Quizás haya sido necesario corregir algunas cosas, pero la piedad popular se salvó porque los curas no se metieron. El clericalismo no deja crecer, no deja crecer la fuerza del bautismo. La gracia y la fuerza evangelizadora de la expresión misionera la tiene la gracia del Bautismo.

Y el clericalismo disciplina mal esta gracia y da lugar a dependencias, que tienen a veces a pueblos enteros en un estado de inmadurez muy grande. Me acuerdo de las peleas que hubo cuando, siendo yo estudiante de teología o cura joven, aparecieron las comunidades eclesiales de base. ¿Por qué? Y porque allí los laicos empezaron a tener un protagonismo un poco fuerte y los primeros que se sentían inseguros eran algunos curas. Estoy generalizando demasiado, pero lo hago a propósito: si caricaturizo el problema es porque el problema del clericalismo es muy serio.

Foto: El Papa en la curia de los jesuitas
(©Osservatore Romano)